2/2/12

La insurrección popular de 1932

El pasado 22 de enero se celebró el 80 aniversario de la insurrección popular e indígena en el occidente de El Salvador, la cual fue brutalmente reprimida por la dictadura encabezada por Maximiliano Hernández Martínez.

La insurrección indígena de 1932 en el occidente del país, durante el régimen militar del General Maximiliano Hernández Martínez fue una respuesta al autoritarismo oligárquico y capitalista de la época, que provocó ejecuciones y el aniquilamiento masivo de campesinos que eran considerados “comunistas”. El lema de Hernández Martínez era: "primero fusilen y después averiguan..." La matanza comenzó el 22 de enero de 1932, en los municipios de Ahuachapán, Juayúa, Tacuba, Izalco y Nahuizalco. Las comunidades indígenas de estas zonas pagarían ese día el precio de revelarse contra el régimen clasista que por décadas los había mantenido en la miseria y despojados de sus herencias ancestrales como la tierra y la identidad.

Los míseros salarios en las fincas de los terratenientes, la mala alimentación y los maltratos a los que eran objeto los indígenas, así como también la ley que Hernández Martínez impulsó para expropiar las tierras comunales y ejidales en todo el territorio salvadoreño incrementaron el descontento en los pueblo originarios. Antes de la rebelión fue asesinado el suegro de José Feliciano Ama, el Cacique Shupam de Izalco, quien ese momento negociaba con el gobierno de Hernández Martínez la devolución de las parcelas.

“Cuando ya las cosas se pusieron fuertes porque las tierras ejidales podían ser devueltas a los campesinos, le dieron al cacique una comida envenenada en Casa Presidencial. A Izalco solo a morir llegó”, sostiene el sacerdote maya pipil de la zona. Luego de ese hecho Feliciano Ama tomó las riendas del casicazgo. El 24 de enero de ese mismo año los militares comenzaron a masacrar grupos de indígenas desarmados, los muertos se contaban por miles en diversos municipios del occidente. Todo el que usaba el refajo, el cotón o hablaba el Nahuat era considerado enemigo comunista y tenían que matarlo. Los terratenientes y hacendados como Gabino Mata justificaban los asesinatos diciendo que “si no los matábamos, ellos nos habrían matado a nosotros”.

Alrededor de 30 mil indígenas fueron fusilados en todo el país. En Izalco fueron asesinados más de 10 mil, con la modalidad de que en este lugar se asesinó solo a hombres y niños arriba de los doce años. El líder del movimiento insurreccional, Feliciano Ama fue capturado por los militares en los huatales de Izalco, fue arrastrado por las calles del pueblo, y colgado de un árbol de Ceiba en el parque central frente a una multitud de indígenas con el objetivo de infundirles miedo y terror y dejarles en claro que todo aquel que se revelara tenía el mismo destino, la muerte.

A partir de ese momento el miedo quedó impregnado en las poblaciones originarias y durante las décadas venideras casi nadie querría hablar sobre el tema por temor a ser perseguido y aniquilado, incluso muchas familias llegaron al punto de cambiarse el apellido.

Extracto de un articulo de Merlín Velis - Eugenio Castro (COLATINO)



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