6/7/14

Contexto Latinoamericano: "La crisis en los años setenta y ochenta" de Amilcar Figueroa

Contexto Latinoamericano es un sitio web de artículos de opinión sobre los principales temas de interés de las fuerzas políticas y los movimientos sociales de izquierda en América Latina y el Caribe. Este sitio forma parte del proyecto Contexto Latinoamericano de la editorial Ocean Sur, que desde 2006 estimula el debate sobre la historia, los escenarios actuales y las perspectivas de las luchas populares en nuestra región, mediante la publicación de una revista, libros y folletos, la realización de coloquios, seminarios y la docencia.

Desde Huacal os queremos invitar a conocer sus articulos, estudios y publicaciones. Y de momento, os dejamos con un primer artículo-resumen del libro El Salvador. Su historia y sus luchas (1932-1985) sobre "La crisis en los años setenta y ochenta" de Amilcar Figueroa:

Magnitud de la crisis

La crisis de los años ochenta era una profunda crisis estructural, que evidenció la incapacidad del modelo económico implantado en El Salvador para resolver las necesidades básicas de la mayoría de la población.

La salvadoreña es una economía fundamentalmente rentista, que se mantiene atada a los vaivenes de los precios internacionales del café, y cuyos intentos de diversificación económica, a través de «los procesos de industrialización», han concluido en rotundos fracasos. Esto se ha traducido en un corte del crecimiento económico y, atendiendo a los patrones distributivos imperantes, ha trasladado el peso de los efectos de dicha crisis en un solo sentido: sobre los hombros de los trabajadores. Esta situación ha puesto sobre el tapete de la sociedad profundas contradicciones de clases aún en proceso de experimentar un desenlace.

Desde 1950 hasta principio de la década de 1970, ser observa una relativa estabilidad en las Reservas Internacionales Netas (RIN). A partir de 1975, éstas comienzan a incrementarse significativamente como consecuencia del aumento de los ingresos por concepto de exportaciones, producto del alza que durante los años 1976 y 1977 experimentó el precio del café a nivel internacional. Asimismo, en el año 1978, se produce un aumento del volumen de las exportaciones, hecho que generó una gran afluencia de divisas hacia El Salvador. Sin embargo, tal situación de bonanza no se mantiene: para fines de 1978, las RIN sufren un fuerte descenso, y en 1979 llegan a ser negativas por primera vez en casi treinta años. El factor determinante de la caída fue la baja de los precios de los productos básicos exportables (café-algodón), añadido al pago de intereses de la deuda externa y a la fuga masiva de capitales. En conclusión, el descenso vertiginosos sufrido por las RIN en El Salvador, particularmente a partir de 1979, fue un indicador inequívoco de la profundidad de la crisis económica por la que empezaba a atravesar el país.

Durante el período 1950-1979, el «Producto Territorial Bruto Real» evidenció intensas fluctuaciones en su tasa de crecimiento. Sin embargo, ésta se mantuvo positiva, ya que conservó un promedio de 5%. Las referidas fluctuaciones estuvieron, por supuesto, asociadas al comportamiento irregular de los precios de los productos básicos en el mercado internacional. Sin embargo, después de 1979, la situación prevaleciente a nivel mundial (alza de los precios del petróleo, recesión en los países industrializados y, especialmente importante en cuanto a sus repercusiones para El Salvador, la caída de los precios de los productos básicos), unida a la recesión en los países centroamericanos, provocaron un violento descenso en la tasa de crecimiento del PTB Real que se hizo negativo en ese momento. He aquí, pues, otra expresión indiscutible de la crisis económica que azotaba a El Salvador.

Sobre cómo incide la crisis en la población, nos encontramos con que, bajo sus efectos, un porcentaje bastante elevado de los habitantes del país ni siquiera puede vender su fuerza de trabajo al no estar el sistema productivo en capacidad de absorberlos. Esto evidencia, por supuesto, los males de fondo existentes en la estructura social, tal como lo señala Donald Castillo Rivas:

Esta sobreoferta de fuerza de trabajo en El Salvador está determinada por varios elementos estructurales de la sociedad salvadoreña. Entre ellos, cabe mencionar el explosivo crecimiento demográfico en un territorio sumamente pequeño (casi cinco millones de personas en 21 000 km2), una altísima concentración de la tierra (40% de las tierras cultivables pertenecen al 1% de la población), una tasa de crecimiento demográfico del 3,8% y, finalmente, un desempleo y subempleo del orden del 45%.

En general, el pueblo salvadoreño vive una situación de dificultad que tiene sus raíces históricas en la conformación de su actual sistema capitalista, y la cual podría ser sintetizada en los siguientes términos:

Al examinar las condiciones de vida del pueblo, nos enfrentamos a una realidad escalofriante. Analfabetismo del 50% de la población, el índice de mayor mortalidad lo tienen enfermedades fácilmente controlables con un mínimo de medicina social preventiva: las enfermedades gastrointestinales, por un lado y, por otro, los estragos que causa la desnutrición. La dieta del campesinado se compone de frijoles y tortillas de maíz, a la que se agregan, en algunas ocasiones, hortalizas. El consumo de leche, carne, huevos es muy bajo, aun en las ciudades. El pueblo de El Salvador tiene un índice de desnutrición entre los más altos del mundo…

En cuanto a los problemas alimentarios, es conveniente tomar en cuenta que, aun cuando El Salvador posee una economía basada principalmente en la explotación del campo, la producción se ha volcado a la exportación, ocupándose para ello la mayor cantidad de tierras, y también las mejores en cuanto a calidad de sus suelos. Progresivamente, han sido desplazados los cultivos para la subsistencia (cereales) hacia las peores tierras de los departamentos de Cuscatlán, Cabañas, Morazán, Chalatenango, San Vicente y La Unión. Lo anterior ha traído como consecuencia una producción insuficiente para el mercado interno y, por lo tanto, la necesidad de importar buena parte de dichos productos; trayendo aparejado el encarecimiento de la dieta de los sectores de más bajos ingresos.

Es bueno apuntar que el reconocimiento de la existencia de una situación crítica no se restringe tan solo a los sectores interesados en un cambio político o social, sino que el cuadro de miseria extrema, en la cual vive la mayoría de la población salvadoreña, no puede ser soslayada ni siquiera por los representantes del actual sistema de dominación. Por ejemplo, en el informe dela Comisión Kissinger, se admite que:

…en El Salvador, en 1980, 66% del ingreso nacional fue recibido por el 20% más rico de la población, mientras el 20% más pobre solo recibía el 2% de dicho ingreso. Más del 60% de la población de la región vivía en estado de pobreza en 1980 […], y más del 40% en estado de extrema pobreza…

Y, aunque en este informe se pretende señalar como causa principal de la insurgencia en Centroamérica la ingerencia cubano-soviética, no obstante se ven forzados a reconocer lo siguiente:

El descontento es real y muy generalizado y, para gran cantidad de la población, las condiciones de vida son miserables; así como Nicaragua estaba madura para su revolución, del mismo modo las condiciones que invitan a una revolución están también presentes por toda la región…


Podemos afirmar, entonces, que la sociedad salvadoreña entró en la crisis estructural más aguda de los últimos tiempos después de la vivida a inicios de los años treinta. En este contexto, es, precisamente, donde se gesta la actual confrontación.

El golpe militar del 15 de octubre de 1979

A mediados del año 1979, todo parecía indicar que en El Salvador se avecinaba una tormenta de vastas proporciones. El gobierno del Gral. Carlos Humberto Romero se agotaba rápidamente, y comenzaban a moverse los hilos en función de un «recambio» en el equipo gubernamental, tal como nos tiene acostumbrados las Fuerzas Armadas salvadoreñas; tan solo que ahora el «cambio» tomaría un rumbo distinto. Ya no tenían cabida las fórmulas tradicionales, puesto que el grado de conciencia, organización y movilización de las fuerzas populares no le permitían a las clases dominante implementar una de sus salidas típicas. Por otra parte, las contradicciones de la sociedad habían llegado a los cuarteles y, por secretos que fuesen, se conocían de los movimientos de la llamada «Juventud Militar».

El estado de efervescencia política podía ser apreciado por todas partes, y si tomamos por ejemplo cualquier manifiesto público proveniente de sectores populares puede calibrarse el fermento revolucionario como se distingue en las siguientes líneas:

La lucha popular ha entrado en un nuevo momento, donde se advierte la participación firme y decidida de la clase obrera, haciendo sentir su solidaridad militante en los conflictos de La Constancia, La Tropical, Pezca, Pronacsa. En esta forma es que los obreros han parado más de veinte fábricas con la participación de diez mil obreros en la realización de dichos paros, incluyendo el corte de energía eléctrica a nivel nacional, como mecanismo de presión para que sean resueltas todas las demandas de los obreros en huelga. Esto es una muestra de heroísmo, la abnegación y la solidaridad militante de la clase obrera que ha dado saltos y enormes avances en conciencia y organización.

Y si éste era el estado de la lucha obrera, un fenómeno similar ocurría en otros sectores sociales, particularmente en el de los trabajadores del campo, que se habían puesto en movimiento. Es frente a tal realidad que los grandes propietarios de El Salvador, asesorados por la embajada estadounidense, conciben un golpe militar preventivo y, penetrando al movimiento dela Juventud Militar, dan pasos concretos en el sentido de que su poder político no corriese peligro. Todo este movimiento fue precipitado, en gran medida, por el triunfo dela Revolución Popular Sandinista de la vecina Nicaragua.

Al fin, el 15 de octubre, un movimiento militar —en cuyo «Grupo Coordinador» figuraban el Tte. Cnel. Francisco René Guerra y Guerra, el mayor Álvaro Salazar Brenes, el mayor Román Barrera, el Cnel. Jaime Abdul Gutiérrez, el capitán Amílcar Molina Panameño, y el capitán Francisco Emilio Mena Sandoval— depone al régimen.



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