18/8/16

En el centro histórico de San Salvador la Iglesia de El Rosario

 

Con esta iniciamos dos entradas dedicadas a un espacio singular de la capital salvadoreña, la iglesia de El Rosario.

Después de las fundaciones de la Villa de San Salvador, en 1525 y en 1528, en La Bermuda; se logró cierta tranquilidad en el poblado de Cuscatlán. En 1539, por diversas razones, los habitantes empezaron a moverse hacia el llamado Valle de las Hamacas. El lugar elegido fue el que dieron en llamar Cuesta del Palo Verde, cerca del Río Acelhuate, en lo que después sería el barrio de Candelaria. El sitio fue denominado La Aldea. Por fin en 1545, la población de La Aldea, sobrepasaba a la ubicada en La Bermuda. En ese año se solicitó a la Real Audiencia de los Confines, ubicada en Gracias a Dios (Honduras), el permiso para el traslado definitivo al nuevo lugar.

Así nació el actual asentamiento de la capital salvadoreña. En el año del traslado, se trazaron la Plaza Mayor, los solares de los portales, los de los señores pudientes y los restantes espacios. Por supuesto, el de la Parroquia principal, que antes fuera dedicada a la Santísima Trinidad, sería a partir de ese momento, devuelta a su advocación del Divino Salvador del Mundo. Un año después, en 1546, la Villa se vuelve Ciudad por cédula real firmada por Carlos V de Alemania y I de España.

De esta manera inició su caminar histórico el más importante templo que San Salvador ha tenido. Destruido en más de una decena de ocasiones. Fue reconstruido vez tras vez, igual que la ciudad, igual que la autoestima de los salvadoreños.

Al inicio, como la mayoría de construcciones similares en América, fue hecha con materiales sencillos como adobe en paredes y techos de paja. Con el tiempo llegó a ser el edificio religioso más grande y mejor diseñado de la provincia de San Salvador y uno de los mayores y mejores de la Región.

Lamentablemente no existen grabados ni pinturas de los sucesivos templos de antes de 1808, cuando todavía era la colonia española, pero se puede apreciar el del que inició su construcción ese año, con la supervisión de quien pondría su fortuna personal y la ayuda de otros parientes y amigos, para elevarlo: su párroco y vicario general, el Dr. José Matías Delgado y León, prócer y Padre de la Patria.

El templo era imponente, tan grande como una catedral e igual de rico en ornamentación de retablos e imágenes. La economía sansalvadoreña, basada en la riqueza del añil, el tabaco y otros productos se reflejaba ya en San Salvador, en varios edificios similares. Igualmente con los civiles, habitacionales, comerciales y militares. Por eso El Arzobispado de Guatemala hizo hasta lo indecible para impedir la creación del Obispado en la Provincia de San Salvador; ya más independiente de Guatemala, dado su ascenso a Intendencia, lo que le permitía un mejor flujo de comercio y de capitales, sin la tradicional y absoluta intromisión de los correspondientes de la Capitanía General.


Este templo fue elevado a categoría de catedral y sede del obispado, en 1842. El sitio cumplió históricamente su cometido anunciado y deseado desde hacía más de siglo y medio por los habitantes, la curia y las autoridades de la Provincia, ya que de 600,000 pesos de renta del Arzobispado guatemalteco, 400,000; los aportaba San Salvador.

El portentoso edificio para su época, se dañó en el terremoto de 1854, el gobierno lo reparó durante el fallido traslado de la Capital a la Hacienda de Santa Tecla, pero sucumbió en el terrorífico sismo de 1873. Posteriormente se construyó un edificio religioso pequeño y el Palacio Arzobispal contiguo, ambos de lámina troquelada y madera, los cuales, al demolerse el templo e incendiarse la sede arzobispal, dieron paso al majestuoso templo actual, entre 1959 y 1964.

Leer más . Artículo de Héctor Ismael Sermeño, escritor, historiador y crítico de artes, publicado en Contracultura

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