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30/6/20

El Juez de El Mozote envía inspectores a buscar los archivos que el Ejército niega


El juez del proceso por la masacre de El Mozote ordenó que se realicen búsquedas de archivos en ocho lugares, incluido el Ministerio de Defensa, el Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, y el Archivo General de la Nación. A la base de la búsqueda está la sospecha de ocultamiento de información y el señalamiento de “irregularidades” en la documentación que el Ejército ya entregó al juzgado.

El juez de Instrucción de San Francisco Gotera, Jorge Guzmán, ordenó el 15 de junio la realización de inspecciones en ocho archivos militares, para que los querellantes y expertos en archivos busquen planes militares y documentos administrativos relacionados con la masacre de El Mozote (1981), la mayor masacre de civiles de la guerra salvadoreña, con casi mil víctimas reconocidas en un censo oficial.

A petición de la querella, el juez ordena inspecciones en cuatro lugares en San Salvador: el ministerio de Defensa Nacional, el Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, la Fuerza Aérea y el Archivo General de la Nación; uno en La Libertad, la Brigada de Artillería “Teniente Coronel Óscar Osorio”; uno en San Miguel, la Tercera Brigada de Infantería; uno en Morazán, el Destacamento Militar Número Cuatro; y en los archivos de la Unidad de Relaciones Públicas de la Fuerza Armada y el Comité de Prensa de la Fuerza Armada (COPREFA), de cuya ubicación el juez pide un informe al presidente Nayib Bukele.

La orden implica la búsqueda de los archivos del Batallón Atlacatl, y las brigadas militares de San Miguel y Morazán, y la Fuerza Aérea, implicadas en la masacre. Pero también se autoriza la búsqueda en otras unidades como los conjuntos I, II, III y IV del Estado Mayor, del Batallón Ramón Belloso, la Primera Brigada de Infantería, Coprefa y el Archivo General de la Nación. La lógica con estas otras, según el juez, es que la información “podría poner en evidencia una práctica sistemática de encubrimiento de violaciones a los derechos humanos” y “para confirmar o descartar un aparato de poder organizado que cumplía con la implementación de una política de Estado”. 

Los principales objetivos de la búsqueda son el “plan militar de la operación Rescate de 1981”, el nombre del operativo que terminó en la masacre, los “planes de operaciones militares en el país entre 1980 y 1984”, así como “planes militares de nivel nacional durante la guerra y sus anexos”. También se persigue “normativa militar durante la guerra”, tal como reglamentos y decretos ejecutivos o manuales de formación y de funciones; “Órdenes Generales del Estado Mayor”, “análisis de inteligencia militar”, “informes periódicos de operaciones, informes de supervisión y control de operaciones, disponibilidad de recursos para desplegar operaciones” y otros  “documentos administrativos vinculados” al operativo de El Mozote y otros cantones y caseríos aledaños.

Desde que se reabrió el proceso de El Mozote, en septiembre de 2016, la presidencia de la República ha respondido seis veces al Juzgado de Instrucción de San Francisco Gotera que no existen documentos de planes militares relativos al Mozote en sus archivos. 

Pero el juez no cree que no hayan archivos útiles resguardados por la Fuerza Armada. Tiene varias razones.

El 16 de febrero de 2018, comparecieron ante el tribunal el mayor Noé Pineda Martínez, jefe de Archivo General de la Fuerza Armada, y el coronel José Rolando Morales Belloso, jefe de Personal del Estado Mayor conjunto del Ejército. En su comparecencia, “dejaron claro la existencia de información pertinente y útil para la investigación y esclarecimiento de los hechos suscitados en El Mozote y sitios aledaños (...) en el Archivo General de la Fuerza Armada y Archivo General de la Nación”. El mayor Pineda dijo además que había “unas cajas con planes de guerra y planes de campaña”. 


Otra de las sospechas es por inconsistencias que parecen evidentes en la investigación. Por ejemplo, en la hoja de servicio (una especie de currículo militar) del coronel Domingo Monterrosa, no se registra su participación en la Operación Rescate de Morazán, en diciembre de 1981. Monterrosa era el comandante del Batallón Atlacatl, la principal unidad encargada de la masacre, y tanto testigos sobrevivientes como dos soldados que declararon bajo régimen de protección lo ubican físicamente durante el desarrollo de la masacre.

El juez Guzmán duda también de otras hojas de servicio. “Llama la atención que, en las hojas de servicio, únicamente aparece información que han participado en la operación Rescate militares que han fallecido y, por obvias razones, no pueden ser juzgados”, dice el juez.

Finalmente, el juez reiteró lo que ha señalado en otras resoluciones respecto a los archivos. Considera “del todo inexcusable” que una institución como el Ejército, caracterizado por el orden y la disciplina, no haya cumplido con su obligación legal de llevar registros de sus planes. El juez dice que, si en una unidad militar se registran hasta las entradas y salidas de personas, con mayor razón deben plasmarse en documentos las operaciones y campañas.

“Son inadmisibles las tesis de que los planes militares requeridos para esta investigación nunca existieron —dice el escrito— y que ‘la operación Rescate’ surgió de forma espontánea y en el territorio, en las mentes de los oficiales que las dirigieron, dibujando y esquematizando en improvisados papeles que luego fueron desechados, las posiciones y desplazamientos de las unidades militares que participaron”. 

5/10/18

La música que sale de una cárcel de niñas


El pasado 28 de septiembre Marcela Zamora, reconocida documentalista salvadoreña e internacional asistió a un concierto muy especial que tuvo lugar en el esplendido Teatro Nacional de San Salvador. Público expectante, miradas de complicidad, emociones a flor de piel...  Desde Huacal, a la distancia, acompañando con alegria e ilusión a un grupo de niñas,  un grupo de música clásica... nos emocionamos al escuchar las voces y las notas de un himmo que recorre todo el continente, vamos caminando...

Y así nos lo explica Marcela en un artículo en el diario El Faro:

Ayer, un día antes del día del niño, regresé a casa un poco tarde, después de un día entero en el Teatro Nacional, filmando a un grupo de niñas del centro penitenciario del ISNA que daban un concierto sinfónico. Niñas, penitenciario, sinfónico. Mientras cambiaba a Maria para dormir, me hizo una de esas preguntas que suelen desatar en mí un chorro de reflexiones contenidas, a menudo dolorosas:

—Mama, ¿a quién filmaste hoy?

Me quedé pensando un poco la respuesta.

—A un grupo de niñas que están en la cárcel y formaron un grupo sinfónico, o sea, de música clásica, con la ayuda de gente que cree en darles una nueva oportunidad.

—¿En la cárcel? ¿Como las niñas a las que tiene el presidente Trump enjauladas?

—Más o menos, hija —alcancé a decir. Y se abrió larga conversación con mi hija de 5 años sobre las detenciones de niños migrantes en el Sur de Estados Unidos, las de menores delincuentes en El Salvador, y sus diferencias que al final a mí me parecieron pocas.

Las veinte niñas de la orquesta de cuerdas del ISNA cumplen pena en la cárcel, pero dan una vez al año un concierto en el Teatro Nacional para sus familiares y para personalidades que quieran conocer el trabajo que hacen, dirigido por la organización cultural TNT (Tiempos Nuevos Teatro). El director de TNT, Julio Monge, insiste en que no es un proyecto de reinserción sino de inserción, porque estas niñas nunca estuvieron inmersas en la sociedad. Cuando arrancó, este proyecto reunió a niñas del Barrio 18 y de la Mara Salvatrucha para recibir clases de música dentro del penal. Como me contó Julio, al inicio ni se hablaban, y se insultaban cuando podían, pero años después, sin ser amigas, las niñas de una y otra pandilla se tratan con respeto y platican entre ellas como si las letras y números que han marcado su corta vida no fueran ya un abismo entre ellas.

Yo las conocí hace dos años y me enamoré de inmediato del proyecto. Se me amontonan las anécdotas acumuladas que les podría contar para hacerles reflexionar sobre las segundas oportunidades (o primeras), pero elegiré tres:

Estaba entrevistando a la niña 1. Era muy tímida, pero sabia de sí misma que era de las lideres dentro del penal. Su historia era la misma de todas. “¿Por qué entraste a la pandilla”, le pregunte. Ella me contó cómo su padrastro pegaba a su madre cada vez que llegaba borracho a casa. La golpeó varias veces a ella. Me contó que un día ese hombre casi mató a golpes a su madre, que llevaba a su hermanito en el vientre. Ese día no soportó mas y se fue de casa, a las calles, donde encontró a su familia de las letras.

Luego de una larga conversación me fijé en su mano. En la piel que une los dedos gordo e índice tenía tatuada una carita triste.

Le pregunte que significaba ese dibujo en particular. Tenía otros. Ella me contestó que ese rostro tatuado era ella, “dura por fuera para sobrevivir a la calle y luego a la cárcel, pero por dentro una carita triste que llora por las noches”. Con ese tatuaje quería recordarse a esa niña que a veces olvidaba que era. No olvidar la fragilidad.

La niña 2 es una chica muy delgada, muy muy tímida. Me costó la entrevista con ella. Hablaba muy bajito y pronunciaba pocas palabras. Su mirada estaba siempre dirigida a la ventana que daba al exterior del Teatro, a la ciudad por la que pasaban transeúntes libres.

Después de un rato le pregunte qué era la vida para ella. Por un momento pensé que me iba a decir que era lo que había afuera de esa ventana, pero giró la cabeza y me miró a mí. Su respuesta fue muy corta: “La vida para mí”, me dijo, “es este este grupo de música, es ese violín que ve ahí, es el momento en el que lo puedo tocar y sacarle música. Con ese violín aprendí que soy buena para algo y que alguien por fin me puede escuchar”.

Luego le pregunte qué era la muerte. “La muerte sería ya no poder estar en este grupo y tocar mi instrumento”.

Muy alta, muy rubia, de ojos azules, la niña 3 tiene una belleza despampanante. Me llamó la atención su actitud. Altanera, con la frente muy en alto. Llegó a la silla caminando como lo haría una modelo de pasarela. “Eres muy hermosa”, le dije. “Sí, es por mi papá, que era alemán”, respondió. “Por él estoy aquí”.

Pensé en ese momento que su padre había abusado de ella, que su relato seguiría los pasos de la niña numero 1. “¿Por qué tu papá?, ¿qué pasó?” Ella se quedó pensando un rato. Desapareció la adolescente altanera. Pareció volver a tener nueve años de edad. Bajó el rostro.

“Mi papá vino de Alemania, conoció a mi madre y al poco tiempo me tuvieron a mí. Mi madre no trabajaba. Solo él. Él me amaba. No se imagina cómo me cuidaba. Hasta me hacía peinados lindos. Y yo lo amaba a él. Pero un día se fue de casa. Yo tenía nueve años. Mi madre sintió que se quedaba sola en el mundo y que ya nada valía la pena. Yo la dejé y me fui a la calle”. Allí conoció a los números. Allí comenzó a delinquir.

“¿Extrañas a tu padre?, le pregunté. Se le cortó la voz al decir “mucho”.

—Estoy segura que cuando salga de aquí él va ha estar ahí afuera, esperándome para cuidarme otra vez.

Recogí en dos años decenas de historias de abandono, de violencia intrafamiliar, de niñas perdidas y confundidas, de falta de amor, de una sociedad que abandona a sus niñas y las condena no a vivir sino a sobrevivir en la calle junto a otro grupo de niños que guardan rencor, mucho rencor, y que convierten la frustración en violencia.

Ayer volví a ver su orquesta y se me llenó el alma de esperanza. Es difícil mantener la esperanza en este país, pero ayer la encontré en un grupo de niñas encarceladas a las que Julio Monje y su equipo no abandonaron. Creyeron en ellas, les dieron la oportunidad de encontrarse con personas que las respetan. Eso es lo que falta en este país: adultos que en vez de ver solo lo malo que hacen nuestros niños y jóvenes les reafirmen y rescaten lo bueno que tienen en el corazón.

Julio Monge cuenta que, al inicio, las niñas no le hablaban mucho. Le tenían desconfianza. Pero ahora que ha pasado el tiempo muchas lo abrazan y le llaman papá.

Gracias, Julio, por creer y luchas por estas niñas. Y por mostrarnos, poco a poco, que el camino de una sociedad libre de violencia está a veces en dar una primera oportunidad.

No puedo publicar fotos de ellas pero les dejo en video una de las melodías que ayer tocaron junto los músicos de la Joven Camerata de El Salvador (JOCA) y el grupo musical de mujeres “Las musas desconectadas”.

Si escuchan con atención escucharán, entre notas, el camino de salida que busca Latinoamérica.



 *Marcela Zamora es documentalista. Entre sus largometrajes más recientes están “Los ofendidos”, sobre las víctimas de tortura durante la guerra civil de El Salvador, y “El cuarto de los huesos”, sobre el trabajo de Medicina Legal para identificar los cuerpos de desaparecidos. Con su productora Kino Glaz ejecuta actualmente diversos proyectos de prevención de Violencia en El Salvador.

5/9/18

Crónica de un viaje de seguimiento (5): La lucha por el agua


Después de unos días viajando por el país y siguiendo por la prensa la actualidad salvadoreña puede ser un buen momento para repasar algun tema local y así presentar la quinta crónica.

Más alla de noticias a las que se les dedica páginas y páginas como puede ser la corrupción  arenera (espectacular!!!) con Toni Saca y el robo de 300 millones de dolares, las estrategias partidistas para apartar Nayib Bukele de la carrera presidencial y su último giro con GANA o la debatida decisión de establecer relaciones diplomaticas con la República Popular de China, queria destacar un tema que en los medios está siendo tratado con bastante descuido por no decir manipulación, los intereses de unos pocos condicionan los derechos de muchos y la complicidad de la mayoria de medios es realmente triste.

He tenido la fortuna, como en otras ocasiones, de poder disfrutar de la cultura, el saber y las reflexiones de Rina Abrego de la Asociación de Promotores Comunales Salvadoreños (APROCSAL) y esta breve crónica nace de una larga e interesante conversación en San Salvador y de las muchas informaciones que me ha aportado.

En estos momentos, El Salvador se encuentra en plena lucha por la gestión de aguas. La profunda crisis de los recursos hídricos en El Salvador, en términos de calidad, cantidad y acceso, es ampliamente reconocida y científicamente documentada por expertos y expertas, tanto nacionales como internacionales. Las causas principales de la actual crisis son la mala gestión del agua (contaminación y sobreexplotación) por la falta de políticas (como la Ley General de Aguas), prácticas y programas que aseguran la buena gobernanza en el sector.

Según expone Andrés McKinley en un artículo publicado esta misma semana en El Faro: "Este problema nos afecta a todos en nuestras vidas; pero son los pobres, las mujeres y los niños quienes más lo sufren. Desechos tóxicos y metales pesados de la industria, químicos venenosos de la escorrentía agrícola y aguas negras sin tratamiento contaminan más del 90 % de nuestras aguas superficiales. A la vez, la sobreexplotación de mantos acuíferos genera escasez de agua para los ecosistemas y las comunidades en todo el territorio nacional".


El bloque de derecha del parlamento salvadoreño PCN, GANA, el Partido de la Democracia Cristiana (PDC) y ARENA reactivó el estudio de una propuesta de ley que busca ceder la administración pública del recurso a entes mayoritariamente privados. Sectores como la construcción y la agroindustria serían los interesados en la mercantilización del agua. En este país centroamericano, a principios de la década de los noventa, en pleno ajuste económico neoliberal, los gobiernos de turno privatizaron las telecomunicaciones y las pensiones. Posteriormente se intentó privatizar la salud, pero la movilización social la detuvo. Ahora, nuevamente hay movilizaciones de protesta en las calles por la amenaza de privatizar el agua desde el órgano legislativo.


El debate sobre el agua en El Salvador está en un momento definitivo, influido por una complejidad de intereses económicos, sociales, políticos, ambientales, partidarios y electorales.Es tiempo de reconocer que este tema, para El Salvador, es tema de país, no de élites, de partidos políticos o de ideologías.

Más información:

Foro del Agua El Salvador

El Faro: Arranca la lucha por el control del agua

Rebelión:  Las luchas actuales por el agua en El Salvador

25/4/18

Quien es Alejandro Cotto ?


Extracto del artículo de Miguel Huezo Mixco publicado en El Faro el 7 de junio del 2015.

"Suchitoto era un pueblo asustado y dividido donde se expresaba con toda crudeza la conflictividad de la guerra civil. Alejandro Cotto lo transformó en un referente de la cultura salvadoreña. Nunca olvidaré lo que mi papá nos decía en la sobremesa: “Necesitamos locos como Alejandro”.

Mi padre nació y creció en Suchitoto, y Alejandro era uno de sus personajes favoritos. En aquel rincón perdido del planeta, el jovencísimo Jando, como le decían, proyectaba películas contra el muro de la casa de su familia, dejando boquiabierta a la concurrencia con aquel milagro de la luz.

Cuando mis amigos Edmundo Kessels y Ceci Delgado me invitaron a Suchitoto a conocerlo, le puse cara al nombre que en mi casa siempre estuvo asociado con el pueblo de origen de mi padre. Alejandro nos recibió en el terreno de la que sería su proyectada casa museo y nos llevó de una punta a otra, sin parar de hablar de sus planes de construir jardínes, fabulosas habitaciones y espacios para conciertos de cámara. Señalando en dirección norte, nos dijo con ensoñación que estaba en marcha la construcción de una represa sobre el Lempa, y que al pie de su casa emergería, como de la nada, un inmenso lago artificial... leer más"

Alejandro Cotto es considerado uno de los máximos referentes del cine salvadoreño, y reconocido por su gran labor para conservar el patrimonio cultural de la ciudad de Suchitoto.

Nació el 13 de noviembre de 1928 en Suchitoto, departamento de Cuscatlán, El Salvador. Obtuvo una beca en México para estudiar cine, donde trabajó con grandes figuras como Emilio Fernández, Julio Bracho y Luis Buñuel, y recibió una fuerte influencia del fotógrafo Gabriel Figueroa.

Su carrera cinematográfica la comenzó desde muy joven. Con una cámara de 16 mm produjo dos películas cortas sobre su ciudad natal: Festival en Suchitoto (1950) y Sinfonía de mi pueblo (1951). Al terminar sus estudios de cine, retorna a El Salvador y después de grandes obstáculos consiguió producir su primera película: Camino de esperanza (1959). En 1960 la estrena en Mar del Plata y Panamá, donde unos productores alemanes de Kaiser Film se interesaron en una coproducción con Cotto. Así logra su segunda película titulada El rostro (1961). A pesar de haberse presentado en el Festival de Berlín, el filme no tuvo buena crítica por parte de sus compatriotas. Realizó producciones por pedido de funcionarios o instituciones gubernamentales durante la presidencia de José María Lemus.

Diez años después regresa dirigiendo el documental El carretón de los sueños (1973), donde plasma soñadoramente la pobreza de la niñez salvadoreña.




En 1979 empezó el rodaje de Un universo menor, donde pretendía reconocer las costumbres de Suchitoto, pero, a causa del conflicto armado la obra quedó inconclusa, dedicándose Cotto al fomento de actividades culturales en su ciudad. Si bien no cuenta con una extensa filmografía, la obra de Cotto expone de manera artística la realidad de El Salvador.

Entre los aportes de Cotto se destacan: crear el Patronato Pro-Restauración de Suchitoto, y el restablecimiento del Festival Internacional de Arte y Cultura. Falleció el 6 de junio de 2015 en su ciudad natal.

Para saber más:

- Alejandro Cotto: Cine, Suchitoto y el olvido de Tania Primavera

- Alejandro, documental de una ficción verdadera de Ricardo Lindo

- Casa Museo de Alejandro Cotto en Suchitoto

26/11/17

Museos que cuentan lo que decidieron olvidar las aulas

 

Artículo de Mneesha Gellman publicado en El Faro. 

Los proyectos de memoria no sólo documentan la verdad, sino también abarcan agendas más amplias que incluyen la infusión de la memoria en la cultura política. Instituciones como El Museo de la Palabra y la Imagen, y sitios de memoria como Perquín y El Mozote, establecen en El Salvador mecanismos de diálogo y abren espacios de reflexión que contribuyen a corregir las distorsiones y silencios de la historia oficial.


La memoria contiene historias que utilizamos para contar nuestras vidas, y reflejan cómo tomamos decisiones acerca de nuestro comportamiento político y social. Los recuerdos también juegan un papel tangible en proyectos de cultura y por lo tanto se convierten en sitios de conflicto. Por ejemplo, en los materiales redactados como libros de texto de historia, ciertos recuerdos son considerados “oficiales” y por lo tanto juegan un papel importante en el desarrollo de la identidad durante la infancia y la formación de ciudadanía.

En El Salvador, las recientes revisiones de libros de texto han generado debate sobre la importancia de la memoria histórica en la democratización. Las memorias colectivas contienen las maneras de saber y ser que la gente usa para reforzar su identidad y su comunidad. Estas memorias proporcionan gran parte del fondo tangible y fondo intangible de nuestra vida cotidiana. En parte, esto se debe a que la memoria se representa en símbolos y las personas utilizan una variedad de símbolos para vincular las realidades personales a las comunales a través de tiempo.

Por lo tanto, la interpretación de la memoria que hacen los sobrevivientes de la guerra a través de narrativas sobre sus experiencias de violencia es lo que une la violencia histórica a la ciudadanía contemporánea. En sus estudios sobre los movimientos de derechos humanos en Argentina, Elizabeth Jelin señala que los proyectos de memoria no sólo se ocupan de la documentación de la verdad, sino también abarcan agendas más amplias que incluyen la infusión de la memoria en la cultura política. La facilitación de los enlaces entre proyectos de memoria y la política sirven aquí como un ejemplo de las limitaciones que el tipo de régimen de El Salvador enfrenta para abordar la cultura del silencio y el diálogo. El Salvador encara desafíos en cuanto a la narración de la memoria, y la historia podría ser utilizada para fortalecer la legitimidad política.



La guerra silenciada

La Comisión de la Verdad de El Salvador, establecida por los Acuerdos de Paz de Chapultepec en 1992, registra casi 14,000 violaciones de los derechos humanos en su informe, que fue publicado por un comité de la ONU en 1993. Una semana después del lanzamiento del informe de la Comisión de la Verdad, la Asamblea Legislativa aprobó una ley de amnistía que incluye todos los delitos relacionados con la guerra. Por lo tanto, los procesos de la verdad y reconciliación en El Salvador han sido limitados por la amnistía, declarada nula el pasado mes de julio. Por ejemplo, después de la Comisión de la Verdad en El Salvador se purgó a una gran parte de los militares, pero el tema de la guerra no apareció en la historia oficial en una manera que enfatiza la injusticia estructural en el país, ni en los libros de texto de historia utilizados en el sistema de educación pública en El Salvador.

Los tomos Historia 1 y 2, elaborados en 1994, presentan una imagen de la guerra que conforma la imagen del gobierno del momento. Con la creación del libro Historia Mínima, presentado por la Secretaría de Cultura en 2011, durante el período del Presidente Funes, con ocasión del bicentenario de la independencia del país, ahora hay una presentación de la historia salvadoreña para el público en general, pero no se está usando en las escuelas. Dadas las limitaciones del sector de educación, es interesante considerar espacios informales en la sociedad civil donde la educación sobre la historia –la formación de las memorias colectivas– pueda durar.



El Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI) fue fundado a finales de 1990 en San Salvador por Carlos Henríquez Consalvi, “Santiago”. Consalvi fue la voz de Radio Venceremos, una emisora clandestina de radio del FMLN que difundía información durante la guerra, y ha continuado en su misión de informar a través del MUPI, donde tiene exposiciones y un valioso archivo mayormente de libros relacionados con la guerra, además de artículos, fotografías y grabaciones en vídeo y audio.
El MUPI, tanto como los libros de historia, es extensión de ciertas relaciones de poder que determinan cuál información se presenta y la forma en que se contextualiza. Los contenidos del MUPI abordan diferentes aspectos de la guerra, sus antecedentes y el periodo después, pero todo está relacionado al planteamiento principal de que la información y el diálogo son claves para el empoderamiento de la sociedad salvadoreña. El museo incluye exposiciones sobre la vida de Monseñor Romero antes de convertirse en el arzobispo de San Salvador, los libros de Salvador Efraín Salazar Arrué, “Salarrué”, el primer escritor salvadoreño que abordó la masacre del año 1932 de indígenas y obreros, y exposiciones sobre las mujeres organizadas en las luchas sociales durante la guerra civil.

El MUPI también ha inaugurado una exposición sobre la migración que trata los motivos para irse al norte, los peligros y los derechos de los migrantes. La exposición vincula la discusión de la migración con los problemas que enfrentan las personas que se quedan, y es una poderosa conexión entre temas históricos, como la exposición de un niño salvadoreño que se unió a la insurgencia durante la guerra, y los factores contemporáneos salvadoreños que impulsan a la gente a tomar los riesgos de la migración para posiblemente mejorar sus condiciones de vida.

A pesar de que las exhibiciones del MUPI presentan historias subalternas que desafían la invisibilización del pasado promovida por gobiernos anteriores, la llegada del FMLN al poder en 2009 ha resultado en nuevos espacios para que organizaciones de la sociedad civil como el MUPI podrían insertarse como actores claves en este tema. Al vincular la agenda de MUPI con el sector de la educación formal, Consalvi ha conseguido una alianza estratégica con el del Ministerio de Educación (MINED) a través del Departamento de Educación en Arte, Cultura, Deportes y Recreo para excursiones escolares al MUPI. En este programa, iniciado en 2011, el personal de MUPI facilita talleres con los estudiantes sobre una variedad de temas relacionados con la memoria, exponen material audiovisual producido por MUPI y dan visitas guiadas del museo a los alumnos. Esta colaboración llevó a más de 1,000 estudiantes de 25 escuelas al MUPI en 2013, y más de 11,000 estudiantes participaron en los ‘Días Culturales’ con personal de MUPI que llega a sus centros escolares.

De esta manera el proyecto sobre memoria del MUPI se ha integrado a los programas escolares a través de visitas de campo y una mayor conciencia de los docentes sobre los temas abordados, así como un nuevo espacio de diálogo entre alumnos sobre la guerra, la historia nacional, la cultura indígena y la importancia de la memoria. Aunque aún no se ha medido de manera sistemática el impacto del programa del MUPI en la cultura de diálogo, su enfoque multimetodológico está generando más oportunidades de las que existían anteriormente para los alumnos, docentes y padres y madres de familia, quienes tienen la oportunidad de conocer nuevos temas juntos y luego conversar sobre ellos.



El diálogo no oficial

Aunque el MUPI juega un papel protagónico en el movimiento de memorialización en El Salvador, no es el único proyecto. Hay varios museos independientes sobre la guerra y la paz en otras partes del país, especialmente en las zonas como Perquín y El Mozote. En Perquín, los monumentos conmemorativos a los mártires son explícitamente de izquierda, dirigidos por excombatientes del FMLN, y carecen de la agenda cultural más amplia que el MUPI tiene como parte de su misión de compartir la historia de la guerra. El Estado también ha establecido monumentos que cuentan historias sobre la guerra desde la perspectiva del Estado, mientras que comunidades como la de El Mozote han creado monumentos independientes para reconocer las masacres de la época de la guerra.

Hay una pluralidad de voces que enmarcan el recuerdo, de acuerdo con diferentes agendas ajenas al sector de la educación formal en El Salvador. Esto significa que hay una representación de varios tipos de memoria sobre la guerra. Los factores de ubicación, acceso a los recursos y grado de poder político dan forma a la visibilidad de cada memoria representada. Las formas de recordar en El Salvador muestran que hay un discurso activo entre la sociedad civil y el Estado, aunque con muchas diferencias de poder. El discurso sirve como interlocutor con los recuerdos de los visitantes a museos como MUPI, y fomenta una ciudadanía activa.

Los sitios alternativos de memoria juegan un papel importante en el periodo post-conflicto y la democratización de los países, en que los ciudadanos buscan encontrar el equilibrio entre el recuerdo y el olvido, lo cual les permitiría estar empoderados sin vivir con el trauma del pasado. El MUPI es ejemplo de una forma de romper la cultura del silencio y desinformación oficiales que podrían afectar a las futuras generaciones. Los niños de edad escolar, los docentes y padres y madres de familia que acompañan las visitas al MUPI entran en contacto con narrativas alternativas que posiblemente no se encuentren de otra manera.

Por otra parte, durante las discusiones facilitadas por los docentes, se les dará la oportunidad de practicar participación cívica en un diálogo respetuoso sobre temas previamente considerados delicados o controversiales. Los estudiantes que visitan el MUPI pueden hacer referencia a la presentación alternativa de la historia mientras conocen la historia oficial representada en los libros de texto o en otros materiales o espacios de conmemoración. Los que están en otros niveles escolares de manera similar pueden utilizar las exposiciones del MUPI para llenar los vacíos y compensar los espacios de silencio que penetran el sistema educativo salvadoreño.

El vuelco histórico de la Suprema Corte Salvadoreña de la ley de amnistía el 14 de julio de 2016 también puede marcar un punto de inflexión en el diálogo sobre el pasado violento. Utilizada para suprimir cualquier enjuiciamiento de los violadores de los derechos humanos desde la liberación del informe de la Comisión de la Verdad en 1993, la ley de amnistía también ha servido como una orden de silencio en el discurso público. Las vías para nuevas formas de recordar y educar sobre el pasado son más abiertas ahora y merecen más atención.

8/10/17

El día cuando los ofendidos de El Mozote callaron a los militares



La primera fase de los testigos del juicio por la masacre de El Mozote terminó. De los 17 testigos originales, 10 ya han ratificado lo que denunciaron a inicios de los 90, ante el juez de San Francisco Gotera. Pese al horror de los relatos, los abogados de los militares acusados insisten en convertir a las víctimas en guerrilleros. Pero hay testimonios que tienen el poder de decirles: "callad, callad, oíd".

 Me habéis golpeado azotando
la cruel mano en el rostro
(desnudo y casto
como una flor donde amanece
la primavera)
—Roque Dalton, El turno del ofendido

Genaro Sánchez Díaz iba todos los días a la casa de su madre, Gregoria, pero aún no sabe por qué no fue el 11 de diciembre de 1981. “Quizá ya Dios”, busca explicárselo. Era viernes, el segundo día de la 'Operación Rescate' del Ejército salvadoreño. Aquel día, interrumpir su rutina le salvó la vida, y por eso Genaro Sánchez ha podido acudir, 36 años después, a otra audiciencia para ampliar su declaración en el caso 238-1990, conocido como la masacre de El Mozote y lugares aledaños.

Sánchez era en aquel entonces un agricultor de 49 años, residente –al igual que hoy- en el cantón La Joya del municipio de Meanguera, Morazán. Dice que cuando los soldados llegaron, su nombre estaba en listas de búsqueda, los cuadernos del ejército que llevaban los nombres de los perseguidos. Sánchez culpa a “orejas”, informantes del gobierno que vivían o se infiltraban en las comunidades, de conocer detalles precisos sobre su ubicación y sus movimientos.

Además de él, en el Juzgado Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera, este 28 de septiembre declara también una mujer de 68 años, que carga con una voz apenas perceptible, pero con un mensaje que nadie le podrá contestar. Sánchez y Chicas son parte de un grupo valiente de campesinos que en 1990, con la guerra viva y los militares aún entronizados, decidieron empezar un juicio por la masacre que arrasó con unas mil personas, en cuatro caseríos y dos cantones. Este juicio, en el que se utilizan las reglas del Código Penal de 1973, llama a Sánchez y a todos esos ancianos como 'ofendidos', un sinónimo para lo que hoy conocemos como 'víctimas'. El juez de la causa, Jorge Guzmán, los llama 'los ofendidos'. Ellos se sienten ofendidos. 36 años después siguen sintiéndose ofendidos.

Lo primero que hace Genaro Sánchez ante el juez es pedir perdón. “Buenos días, discúlpeme pero ya por la edad no escucho bien algunas palabras”, le dice. Luego explicará porque ha llegado: "mi interés en declarar es por la familia que perdí".

En su relato, Sánchez cuenta que vio helicópteros aterrizando en Arada Vieja, que vio a soldados disparando en La Joya, que escapó con su compañera de vida y cuatro hijos hacia el monte, que en la noche del 11 de diciembre de 1981, Sotero Guevara y Patricio Díaz, llegaron a su casa, llorando porque les habían matado a su familia. Entonces, los dolientes se fueron junto a la familia de Sánchez hacia el río Las Marías, en La Joya. Una semana después, Sánchez fue a la casa de Sotero y encontró los escombros y los cadáveres de Catalina Chicas, Petronila Chicas, Justa Guevara, Jacinta Guevara, Roque Guevara (a quien Genaro llama su hijo), Ambrosio Guevara, Lorenzo Vigil, Aminta Vigil, Pedro Vigil y…

Su relato se vuelve más crudo: “Echamos al hoyo cinco señoras, dos hembras y dos varones. Nueve había. Y Jacinta estaba embarazada de nueve meses (…) Toqué un cadáver para depositarlo en el hoyo y se desprendía la carne. Más abajo, encontramos 16 muertos. Los familiares los enterraron. A un muerto lo cubrieron con piedra laja y con piochas picaron un paredón para que no los comieran los animales”.

Durante su testimonio, Sánchez pide que le repitan las preguntas. El juez Jorge Guzmán toma nota y pide consideración para el ofendido. “Recuerden que estas son personas sometidas a una situación difícil, han quedado marcadas psicológicamente. Debemos respetar y yo voy a estar vigilante”, dice Guzmán, especialmente a los defensores de los militares.
Pero ellos no le hacen caso.


 ***
En la primera tanda de ampliación de testimonios, hace cuatro audiencias, entre los ofendidos también desfiló Irma Ramos Márquez, de Ranchería, que vio a unas 30 personas muertas el 12 de diciembre y vio a perros y cerdos alimentándose de los cadáveres. Luego Hilario Sánchez Gómez, que se escondió en el cerro El Perico con otras 50 personas y vio columnas de soldados incendiando las casas.

En septiembre, declararon María Teófila Pereira, Lucila Romero Martínez, Eustaquio Martínez Vigil, y María Amanda Martínez, cuyos testimonios también detallan la masacre.

Ya declaró también Juan Bautista Márquez, testigo de casi todas las masacres, porque anduvo huyendo con su familia y en su huida pasó por todas las comunidades arrasadas. En marzo, Juan Bautista se rió de uno de los abogados de los militares acusados, cuando este negaba, en sus narices, que la masacre de El Mozote hubiese ocurrido. Los abogados de los militares son como los mismos militares: pese a las pruebas, los testimonios, lo siguen negando todo. “Si a mí me sacaron de la puerta de la casa. Y dice que no hay delito ¿Cómo que no estoy yo? ¿Entonces no es delito ir a sacar a otro de la casa?”, reclamaba Bautista.

Genaro y todos los ofendidos sigue siendo clave en la estrategia de la parte acusadora. Cuando el caso empezó, habían pasado nueve años desde la masacre, y los abogados de los ofendidos diseñaron un plan para enfrentarse al aparato de justicia salvadoreño que consistía en dividir los roles y los papeles de los ofendidos para que entre todos, como en un coro, denunciaran la masacre. Fue así como uno pondría la denuncia: Pedro Chicas Romero. Luego Rufina Amaya, la mujer que habló con periodistas estadounidenses que denunciaron la masacre en 1982, sería la testigo principal. Las historias del resto de testigos cumplirían diferentes propósitos: narrar una por una las masacres en cada caserío y cantón; hablar de las violaciones, de las casas quemadas, de la participación de diferentes unidades militares… El rosario del horror se llenaba de cuentas.

27 años más tarde, esa estrategia se ha visto alterada, entre otros factores por la muerte de los protagonistas. De los 17 ofendidos del reparto original, cinco ya murieron: Pedro Chicas, el denunciante original; Rufina Amaya, la testigo principal; Sotero Guevara, víctima junto a Genaro de la masacre en La Joya; Domingo Vigil Amaya y Raquel Romero, ambos sobrevivientes de Jocote Amarillo.

Hay 12 personas que siguen vivas pero dos no han podido declarar en el juicio por problemas de salud: Rosa Ramírez Hernández y Bernardino Guevara Chicas.

Los otros 10 ratificaron su testimonio ante el juez entre junio y septiembre de 2017. El más longevo, con sus 93 años, es Anastacio Pereira Vigil. Fue el primero en pasar, quizá porque es a quien ya le va quedando menos tiempo para denunciar todo lo que sufrió. Pereira encontró los cuerpos de sus familiares en casa de su hermana, y aseguró que había muchos cadáveres en la iglesia, pero no entró porque no soportaba el olor.
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En el juicio de El Mozote se persigue al alto mando de la Fuerza Armada, a 18 militares entre los que destaca el ministro de Defensa de la época, el general José Guillermo García, deportado en 2016 de Estados Unidos por haber sido un hombre con mucho poder que violó derechos humanos.  Pero además de ellos, es como si este juicio también sentara en el banquillo a los gobiernos salvadoreño y estadounidense, que durante décadas negaron que en El Mozote hubiera pasado algo.
Para llegar hasta García la estrategia de los acusadores busca comprobar que la masacre de El Mozote fue cometida por varias unidades del Ejército, entre las que destaca el Batallón de Reacción Inmediata Atlacatl, que seguía las órdenes del Estado mayor. 

La estrategia de los defensores de los militares es la misma con la que muchos militares justificaron, y siguen justificando, la muerte de alrededor de mil campesinos: la vinculación entre esa población y la guerrilla. Sembrar la idea de que los ofendidos eran guerrilleros y que las muertes registradas fueron o producto del enfrentamiento directo o bajas del fuego cruzado. Los defensores de ahora actúan como los militares de antaño.

Hace 27 años, en su denuncia original, el ofendido Genaro Sánchez dijo que se enteró que el Batallón Atlacatl había sido responsable del operativo porque se lo contó Rufina Amaya, la testigo principal. Ahora, Sánchez ha cambiado su versión. Dice que se enteró sobre el batallón Atlacatl porque lo escuchó en Radio Venceremos, una emisora de la guerrilla. 

Los abogados defensores de los militares parecen tiburones que huelen sangre tan pronto como la palabra “Venceremos” termina de salir de la boca de Sánchez. La Radio Venceremos era la frecuencia clandestina de la guerrilla. Entre los supuestos objetivos militares que devino en las masacres, en 1981 el Ejército hablaba de la captura y desarticulación de los miembros de la Venceremos.

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—¿En qué fecha Rufina le dijo que el responsable del operativo había sido el Atlacatl?

Quien pregunta es Rodolfo Garay Pineda, abogado, exdirector de Centros Penales en los gobiernos de Arena, defensor de los coroneles Roberto Garay Saravia y Rafael del Cid Aguirre. En una entrevista con El Faro, en mayo, Garay Pineda dijo que él sigue negando que la masacre ocurrió.

Sánchez no responde a la pregunta de la fecha, pero dice que el Atlacatl hizo un gran desastre. Garay insiste en que Sánchez aclare si recibió la información sobre la autoría del operativo de  Rufina o de la radio. El querellante David Morales, exprocurador de Derechos Humanos, objeta:

—La defensa está haciendo una pretensión indebida. Él ya consignó que algunos puntos no eran como se había dicho.

El juez concede la objeción. Garay Pineda vuelve a su asiento, pero antes dice: “está plenamente establecido que el testigo se contradice”. El abogado viste de una chaqueta verde olivo, camisa blanca y corbata roja. Mira hacia atrás, por encima de su hombro, a otro grupo de hombres que han llegado a la sala. Levanta las cejas y debajo del bigote se asoma una amplia -y arrogante - sonrisa.

Otro abogado, el coronel Adrián Meléndez Quijano, continúa el interrogatorio.

— ¿Sabe dónde está ubicada la radio?
— Era móvil -dice Sánchez

Otro abogado, Roberto Girón Flores:

—¿Vio a quienes andaban con la radio?
—No, solo los meros principales andaban- dice Sánchez.
— ¿Sabe dónde estaba la radio?
—Se movía en Guacamaya, o Arambala -dice Sánchez.

Giron Flores se gira a su público y les regala otra sonrisa. Garay Pineda es más efusivo y parece celebrar un gol: alza las manos y gira en su silla, mientras vuelve a ver a la izquierda, al equipo contrario. “¡Vaya! ¡Vaya!”, repite y se ríe. Por mucho tiempo, quienes niegan El Mozote han dicho que las víctimas eran guerrilleros. Garay Pineda, alguien que dice que El Mozote era “un cementerio de la guerrilla", cree que ese argumento le servirá para desacreditar a Sánchez. Los abogados de los militares, y los militares, siempre han querido convertir a Sánchez y a todos los ofendidos en guerrilleros armados.

El triunfalismo de la defensa comienza a derrumbarse cuando el juez Guzmán le resta crédito a los guiños de los abogados: “Sánchez solo relacionó un conocimiento común sobre la radio”, sentencia.
El turno del ofendido Genaro Sánchez culmina con una última confesión. Luego de que el juez Guzmán le agradece la intervención, Sánchez responde: “Sí, es que es la verdad”.



***

El turno de Lidia Chicas está a punto de suspenderse. El juez Guzmán convoca a un fiscal, un querellante y un defensor a su despacho. La testigo se siente mal: vomita, se ve temblorosa, pero se recompone y todos deciden seguir adelante.

Chicas tiene 68 años, y declaró por primera vez en agosto de 1992. Lleva un suéter y una pañoleta azul amarrada en la cabeza. Camina hacia su lugar para empezar su testimonio, asistida por un hombre que le sirve de bastón.

Habla muy suave y no se acerca al micrófono. Lidia Chicas está nerviosa. Lidia Chicas tiene miedo. A Lidia Chicas le duele contar cómo la ofendieron: “El 13 de diciembre de 1981, como a las 6 de la mañana en el caserío Poza Honda, en Meanguera, vi a un buen número de hombres uniformados de color verde y armados de fusiles y corvos. Desde como las ocho de la mañana, empezaron a matar a las personas que residían en el lugar. Yo oía gritos de las personas y golpes como que estaban cortando matas de guineo, mientras yo estaba escondida en unos matones (matorrales)…”

“Vi cuando mataron a machetazos a  Sinforoso Reyes,  a su esposa Eugenia Díaz, que estaba embarazada, y a cuatro hijos, menores de edad.  Los niños le hablaban al papá y a la mamá. Decían ‘mamita, levántate de ahí’ ¿Y cómo se iban a levantar si ya estaban muertos?”, dice Lidia, en una denuncia pronunciada con un tono demasiado bajo, pero cuyo contenido grita demasiado fuerte.
En la masacre, mataron a los padres de Lidia, Pablo Chicas y Florentina Mejía. Su hermano Omar tenía una cortadura en la cara y los dedos mutilados. Su hermana Agustina estaba en un peñón con la falda hacia arriba y la ropa interior abajo. En la masacre, mataron a tres hermanos menores, su abuela, tres tíos, tías, primas…, en total, 55 familiares.

¿55 dijo? Lo corroboro con otra periodista que también cubre la audiencia. Y sí, dijo 55. Si en la masacre de El Mozote murieron mil personas, el 5 % eran familiares de Lidia. El silencio que ha envuelto a la sala es atroz.

Preguntan entonces los querellantes y los fiscales:

— ¿Por qué dice que fue el ejército quién mató a la gente?
— Porque ellos fueron, yo los vi.
— ¿Quiénes la ayudaron a enterrar a la gente?
— Solo yo con mi esposo.
— ¿Cómo la afecto esto?
— Solo yo quedé con mi hija: yo no tengo nada.
— ¿A cuántos sus familiares le han entregado?
— Ya ni me acuerdo.

Las manos le tiemblan y toma té. Turno entonces para que los defensores pregunten, pero algo pasa. Cuando Lidia termina y los abogados que la representan acaban sus preguntas, nadie en el bando contrario puede decir nada. Están mudos. Ninguno de ellos tiene preguntas. La audiencia termina y los tiburones han perdido sus dientes. Lidia los ha silenciado.

Cuando ocurrió El Mozote, la legislación salvadoreña no asignaba la calidad de “víctimas” a quienes sufrían un delito. Les llamaba “ofendidos”. El poema de Roque Dalton cobra vida:

Ahora es la hora de mi turno
el turno del ofendido por años silencioso
a pesar de los gritos
 Callad
Callad
Oíd

Articulo de Nelson Rauda Zablah


29/10/16

Marcela Zamora, documentalista salvadoreña

 
“La gente sigue yendo a ver mis documentales porque no solo les doy horror” 

Después de 12 años de retratar en sus películas el dolor de las víctimas, la documentalista salvadoreña Marcela Zamora regresa a las salas de cine con algo en tono más positivo. Se trata de Comandos, un largometraje de 80 minutos que muestra el día a día del grupo de voluntariosos rescatistas en la sede central de la oenegé, la del Centro Histórico de San Salvador; esa esquina oscura, como Zamora prefiere llamarla, epicentro de las emergencias que sacuden una de las ciudades más violentas del mundo.

A través de sus películas, la documentalista salvadoreña Marcela Zamora ha mostrado el camino de las mujeres migrantes hacia Estados Unidos, a madres que buscan con desesperación a sus desaparecidos, a niños que a través del teatro ensayan un escape a la violencia de las comunidades en las que viven, a torturados en la guerra civil cuyas heridas siguen abiertas mientras esperan justicia. Y aunque el día a día de los rescatistas no era necesariamente la historia que perseguía en ese momento, hubo razones de peso para que la directora cambiara un poco el tono respecto a sus trabajos anteriores. La cobertura de los conflictos, pasado y presente, de El Salvador la había desgastado demasiado: "Estaba desilusionada, sin esperanza. Ya estaba dando por hecho que este país no servía", dice, y explica que la labor que realizan los socorristas de Comandos de Salvamento le sirvió para recargar energías.

Si bien la experiencia y el resultado de filmar fue enriquecedora para ella y su equipo, la parte burocrática que financió el proyecto le arruinó el proceso, aun después de haber finalizado la película, y le impuso ciertas limitantes. Comandos fue posible por el financiamiento del Premio Pixels que entrega el Ministerio de Economía, cuyas bases establecían que el material producido tenía que ser positivo: "Esa fue una de las cosas por las que no pude meter el tema que realmente yo quería, porque nos dijeron bien claramente que querían temas positivos".

Los desembolsos del fondo, sin embargo, no han cumplido todos los plazos y ha significado retrasos en el pago del equipo de la productora y los proveedores que subcontrataron para la realización del documental: "Ahorita tengo como unas diez personas pidiéndome que por favor les pague, y lo más triste es que quedamos mal. La industria cinematográfica se está construyendo alrededor del "ellos no pagan, con ellos no trabajés".

De sus anteriores documentales, Zamora ha ido tomando experiencia técnica y administrativa. Aprendió a vender sus películas, a ganar aliados que le financiaran sus películas y a cabildear sus documentales para la participación en festivales. En noviembre próximo, en Amsterdam, Los ofendidos se pasará en el Festival Internacional de Cine Documental (IDFA, por sus siglas en inglés), tan importante para el cine documental que "es como ir a los Oscar", dice ilusionada. Sobre sus apuestas con Comandos, su aporte a la conformación de una industria cinematográfica salvadoreña y la construcción de su narrativa, platicó con El Faro en la siguiente entrevista.

Tu línea de documentales siempre ha sido la de retratar a víctimas. Las madres de los migrantes desaparecidos en el camino, los niños que viven en comunidades sitiadas por la violencia, madres buscando a los desaparecidos por el conflicto actual, y torturados. En Comandos no estamos viendo necesariamente víctimas del mismo tipo al que nos has mostrado antes. ¿Por qué era importante contar esta historia?
 
Creo que Comandos surge de un cansancio y de una desilusión por el país. Yo había perdido las esperanzas, las ganas de creer. Estaba muy desilusionada, sin esperanza. Llevo 12 años cubriendo víctimas. Toda mi cinematografía es víctimas de los conflictos pasados, presentes, de los que van a venir. Ya estaba dando por hecho que este país no servía. Creo que hubo una conversación con Julio [Julio López, productor del documental] en un momento en la que nos dijimos: "Hagamos un documental distinto, que nos recargue las baterías, que nos devuelva esas ganas de seguir contando las otras historias". Y por ahí salió Comandos. Carlos Martínez [periodista de la Sala Negra de El Faro] fue quien nos dijo: "¿Por qué no lo hacen sobre Comandos de Salvamento?" Y fuimos a ver. También fuimos a ver a otros personajes, queríamos que fuera de héroes, de algo bueno de El Salvador.

¿Qué te sedujo de la historia?

Me impresionó la humildad con la que trabajan, me impresionó esto que pasa mucho en nuestros países, donde hay estas diferencias tan grandes, donde hay gente humilde ayuda a gente humilde. Paradójicamente, la gente que más ayuda es la que menos tiene; y generalmente, la gente que más tiene es la que menos ayuda. Encontrarnos a este grupo de rescatistas, donde había 3 mil 500 voluntarios que dan sus horas de gratis, guiados por un grupo de veteranos que enseñan a los jóvenes primeros auxilios. Yo intenté hacer un documental de heroísmo y alegría, pero no me salió tan alegre. No podés dejar de retratar el país donde trabajan estos rescatistas, y sobre todo porque como es la sede central, ellos trabajan en la zona del centro de San Salvador. ¡Ufff!, los lugares en los que nos metimos. Es que San Salvador es como una Ciudad Gótica, en la noche es una ciudad bien dura.

¿Tu intención era, entonces, desaturdirte un poco del trabajo que habías venido haciendo en los últimos 12 años?
 
No es que esté aturdida, es que estaba sin esperanzas. Dejé de creer en El Salvador y en la clase política. Yo soy de izquierda y lo voy a ser siempre. Pero dejé de creer en los que me deberían de representar. Yo en la derecha nunca voy a creer; lo siento mucho, no confío en ellos, no creo en su trayectoria política. En la izquierda sí, yo vengo de una familia de izquierda. Pero tengo decepción de los hombres y mujeres que me están representando en el gobierno. Quizás no de todos, pero de una gran mayoría sí. Esperaba algo distinto, y sobre todo más humildad para decir: "Estamos bien mal, nuestra gente está sufriendo mucho". Y te da cólera y frustración ver que tu clase política no lo ve.

Mencionabas que en un inicio lo que querían era hacer un documental sobre héroes y que estuvieron viendo a distintos personajes. ¿Por qué necesariamente un homenaje a Comandos de Salvamento y no a Cruz Roja o Cruz Verde?
 
Escogí Comandos porque creo que es el grupo de rescatistas más austero y que tiene menos recursos. Ellos tienen un presupuesto de 500 mil dólares al año, y el año pasado atendieron miles de emergencias. La sede central se les está cayendo, apenas está parada. Otra de las razones por las que hicimos el documental fue porque ahí hay un montón de jóvenes. Aquí es un pecado, un crimen, ser joven, y los jóvenes lo están sintiendo. Creo que es una parte de la sociedad a la que nadie da voz. Y yo que ando metida en estos lugares, adonde estoy segura que ningún diputado va, lo que te dicen es: "Qué horrible, ahora le tenemos miedo a la pandilla y a la Policía". El día del estreno no llegó uno de los comandos y, cuando pregunté por él, me dijeron que la Policía le había dado una gran ‘vergueada’. Lo que están haciendo es pudriendo a esos jóvenes buenos, porque después de una paliza de unos policías, ¿vos creés que les queda respeto por la Policía o por el gobierno? Es más fácil que se metan a las pandillas. Los están tirando para otro lado.

Entonces, parte de tu misión era, además de retratar a los jóvenes que por su edad y por ser pobres están estigmatizados, retratar la realidad de los Comandos para que ellos consigan donaciones o que alguien les apoye.
 
No es un video institucional, porque no lo es, pero creo que también queda bien claro en la película el trabajo que hacen. Lo que vemos en la película es la acción. Espera y acción, y el país que están atendiendo con los recursos que hay. Yo no compré una ambulancia para andar a mi equipo atendiendo rescates, ni tampoco les compré gasa ni nada. Lo que ellos tienen ahí sale, y cómo cuidan esas cosas. De hecho, nosotros les vamos a regalar un montón de copias para que ellos puedan hacer sus proyecciones afuera y ver que les ayuden.
Tengo entendido que ya habían terminado la filmación cuando asesinaron a Erick, el voluntario de 14 años. ¿Cómo jugó este elemento dentro de la narrativa?
No teníamos dinero. Yo quería ir a filmar, pero no tenía dinero para pagar una cámara ni para pagar a un fotógrafo. Yo no puedo decirle a la gente "venite un día gratis", eso no es profesional. Entonces, no tenía dinero para filmar ese día y tuvimos que resolver, y lo hicimos a través de los noticieros de televisión, los medios que ya habían ido, y creo que se solucionó bien en la película. Uno de los hilos conductores son los noticieros, entonces creo que se solucionó así. Pero es que no tenía dinero para ir y no iba a ir con una handycam. No se hace así el cine. No tuve oportunidad.

Si hubieras tenido la posibilidad, ¿le habrías dado un giro al documental a partir de ese evento?
 
Habría sido igual, solo que mejor filmado. Habría ido en persona a filmar, y habría obtenido las reacciones más inmediatas. Porque luego logramos sacar un dinero de por ahí para pagar un día más de filmación, pero fue como una semana después. No pude tener las reacciones inmediatas.

Una de las cosas que me llamaba la atención es que se insiste mucho en el documental en los 3 mil 500 voluntarios, pero ¿por qué decidieron quedarse solo con San Salvador? Porque si San Salvador tiene esas dificultades, probablemente en las sedes del interior del país sean mucho peores.
 
La sede central la escogí, primero, porque es el centro de San Salvador, que es el corazón de El Salvador; segundo, porque es una de las ciudades más violentas que hay en El Salvador y en el mundo; tercero, creo que ahí se condensaban casi todos los tipos de emergencia que ellos atienden. Ahí sí pasa todo: desde el bolito tirado, el accidente de tránsito, más la cantidad de víctimas por heridas de bala que recogimos. Filmamos casi 20 días, que no es mucho tiempo; entonces, teníamos que tener lo máximo posible. Y la sede central es una radiografía de casi todas las sedes, solo que unas atienden menos casos. Claro, hay unas que tienen muchísimos menos recursos, pero necesitaba demostrarte la sede máster para que vos te podás imaginar las otras.

Me mencionabas que apenas eran ocho meses para hacer el documental porque dependían de los desembolsos del fondo Pixels. ¿Sentiste que renunciaste a algo?
 
Totalmente. Creo que soy de las directoras de mi generación con mayor experiencia y yo no disfruté este proceso. Disfruté filmar a los comandos por los personajes que tuve. ¿Estoy orgullosa de mi película? Súper. ¿Estoy feliz del proceso? No, nada. Yo sufrí mucho en el proceso. Todo el tiempo fue estar peleando por el dinero, que por favor páguennos. Ni yo ni ninguno de mis compañeros que trabaja conmigo viene de una familia millonaria. Nosotros tenemos que poner el dinero en nuestras casas mes a mes. Y no es que vos digás: "Voy a tener esta película y esta otra". Hacer una película en ocho meses es 24 horas trabajando. No te queda tiempo para hacer otra cosa. Entonces, todo tu ingreso monetario depende de esa película, si la querés terminar en ocho meses. Muchos de los cineastas, claro, como no les pagan, tienen que buscar otro trabajo, entonces se va alargando la realización. Realmente el proceso fue muy doloroso.

Y a nivel técnico, ¿te hubiera gustado abarcar otras cosas? ¿20 días son suficientes para filmar?

Yo siempre filmo 20 días al año y después me quedo un año en posproducción. Me meto seis meses en la investigación para poder filmar poco, porque como nunca tenemos mucho dinero. Entonces, para llegar clara a qué es lo que quiero y no perder el tiempo, hacemos investigaciones largas, que es solo pagar a una directora y a un productor. Con Comandos me habría gustado hacer una mejor preproducción. Habría querido tener más tiempo para investigar más, estar más tiempo con ellos, permanecer. Lo que pasa es que eso cómo lo justificás en los informes. La gente cree que uno hace cine y se lo saca de la manga. Y llega y pone la cámara y lo tiene. Julio y yo pasamos todo el año escribiendo informes para Pixels, en los que tenés que decir qué hiciste día a día. Yo lo que hago es que estoy y leo un libro, pero sobre todo estoy con mis personajes. Y no tuve mucho tiempo para estar con ellos. Creo que salió algo bueno porque los personajes fueron bien bondadosos y generosos conmigo. Me pusieron toda la organización a la orden, hasta nos asignaron espacios en las ambulancias.

Continuar con la entrevista en El Faro

24/8/16

El nacimiento y la espera de la desafiante Iglesia El Rosario


Rodeado de ruinas y predios baldíos, camuflado por una estructura gris y sucia, el centro de San Salvador esconde uno de los edificios más ilustres y significativos de toda Latinoamérica. Una obra tan polémica y desafiante que tuvo que ser supervisada por el Papa Juan XXIII, quien la apadrinó en 1962 como un experimento previo del revolucionario Concilio que se avecinaba. El edificio y su contenido son las obras culmen del arquitecto y escultor salvadoreño Rubén Martínez.

Bastan los ojos para quedar deslumbrado ante la Iglesia de El Rosario de Rubén Martínez. Sin embargo, sus ochenta metros de longitud, sus veintidós de altura, los miles de vidrios coloreados que llenan el templo de una luz intensa y continuamente renovada, el efecto óptico de un espacio que se agranda o empequeñece según nos movemos por su interior, la agradable temperatura, la intimidad radiante del conjunto y esa extraña sensación de estar protegido son solo la apariencia de una obra total que aúna los mayores logros técnicos, una extraordinaria sensibilidad artística y una elaborada simbología que da sentido a cada uno de los componentes estructurales y decorativos del edificio.

Fue la primera parroquia y por mucho tiempo la más importante de San Salvador. Probablemente fundada en 1545 y situada en la muy colonial Plaza de Armas, fue el punto neurálgico desde el que partía la retícula de calles, avenidas y plazas que aún hoy da forma a la capital. En 1842 se convirtió por fin en catedral después de una dura lucha comenzada veinte años atrás por el cura José Matías Delgado. Elevar El Salvador al rango episcopal fue, sino el principal, al menos el más tangible de los logros perseguidos por la declaración de Independencia.



Durante las siguientes tres décadas El Rosario fue el escenario privilegiado del nuevo orgullo nacional hasta que en 1873 un fuerte sismo hundió el edificio y los nuevos aires secularizantes llevaron su reconstrucción dos cuadras hacia el Poniente, al convento que acababa de serle expropiado a los dominicos, a la par del recientemente construido Palacio Nacional. El Rosario sería reedificado en 1903 pero ya no como sede episcopal sino como nueva iglesia de los dominicos, cuando éstos fueron readmitidos en el país. Durante la primera mitad del siglo XX El Rosario estuvo hecho de lámina y madera (como la recientemente desaparecida Igesia San Esteban) y redujo su tamaño para compartir solar con el palacio arzobispal.

Sin embargo ya a finales de la década de los cincuenta del siglo XX la antigua iglesia no bastaba para satisfacer las necesidades de una feligresía creciente, entusiasta y tremendamente enriquecida.
Corrían años de esplendor burgués en el país, por aquel entonces el más industrializado de toda América Central y tercera potencia mundial en la exportación de café. Una nueva majestuosidad modernizadora pobló de imponentes edificios el centro capitalino y abrió las mentes de algunos jóvenes artistas a las atrevidas ideas de las vanguardias internacionales. Rubén Martínez tenía poco más de treinta años cuando el superior de los dominicos, Alejandro Peinador, le encomendaba el diseño del nuevo templo. Martínez había cursado solo unos años de estudios universitarios sin llegar a completar la carrera de ingeniería civil. Para desempeñar su oficio se servía de una asertiva intuición y la colaboración de socios con mejor ficha técnica. Pero fue su determinación la que le llevó a asumir el encargo y a tal fin estudiar liturgia y frecuentar a algunos de los religiosos, como fray Carlos del Cid y fray Domingo de Iturgaiz, que de Europa traían indicios de la que habría de ser la mayor revolución ocurrida en el seno de la Iglesia Católica.

El Segundo Concilio Vaticano no había salido aún de la mente del papa Juan XXIII cuando Rubén Martínez se anticipaba con éxito a algunos de los grandes cambios que estaban a punto de transformar el cosmos católico. En 1962 entregó al superior de los dominicos los planos de la nueva iglesia dedicada a la Virgen de El Rosario. La utilización del espacio sería completamente distinta, el altar cambiado de sitio y la feligresía convertida en el centro de gravitación. Prescindiría de la tradicional planta de cruz latina y la orientación hacia el Este. Eliminaría todo elemento divisorio y privado (columnas, gradas, girolas, capillas…). El nuevo templo sería como el vientre materno donde se aloja la comunidad de iguales que conformaría la iglesia del futuro.


El entusiasta apoyo de los dominicos no sirvió en cambio para que el arzobispo de El Salvador diera su aprobación. En un gesto de excepcional audacia, el padre Alejandro decidió llevarse consigo todas estas ideas para someterlas a la consideración del mismísimo sumo pontífice romano. Juan XXIII supervisó personalmente los planos de Rubén Martínez y encontró que encarnaban a la perfección los experimentos que ese mismo año comenzaban a tomar forma en el II Concilio Vaticano (1962-65). La iglesia ideada por el joven Rubén Martínez sería levantada en el centro de San Salvador, en el centro de América, como punta de lanza del nuevo espíritu eclesiástico contrario al elitismo de las misas en latín, decantado por los pobres y la religiosidad popular, algo más respetuoso con la libertad religiosa, sensible a las nuevas teorías educativas y pista de despegue de interpretaciones teológicas tan arriesgadas como vivificantes.

En tan solo treinta días el padre Alejandro estaba de vuelta en El Salvador con los planos aprobados por el papa en persona. Se trataba de una gran victoria pero también de una temible imprudencia. El arzobispado no colaboraría en la construcción de la nueva iglesia y, aunque el papa había convertido el proyecto en intocable, de las arcas episcopales no saldría ni un centavo para su ejecución. No había por tanto ni tiempo ni recursos que perder.

Rubén Martínez instaló su vivienda a pie de obra y pasó los siguientes siete años completamente sumido en la elaboración del nuevo templo de la Virgen de El Rosario. Las estrecheces presupuestarias (doscientos sesenta mil dólares fue el costo total de la obra) exigieron raudales de improvisación y audacia. Ante la imposibilidad de contar con sofisticada maquinaria, los andamios, los encofrados, las grúas y elevadores fueron construidos con madera, poleas y palancas.

Paradójicamente la Iglesia de El Rosario, en tantos aspectos emancipada de toda referencia al pasado, acabó siendo construida con técnicas más propias del Medievo. Y, al igual que las catedrales góticas, la idea original sufrió importantes modificaciones. El templo construido por Rubén Martínez creció como crecen los organismos, adquiriendo su forma de manera gradual, dialogando con las circunstancias, parcialmente emancipándose de la idea.

Leer más. Artículo de Antonio García Espada, Doctor en Historia por el Instituto Universitario Europeo y profesor de Historia del Arte en la Universidad Don Bosco e Investigador de la Dirección Nacional de Investigaciones, publicado en El Faro.

11/8/16

"Hippies de barranco: legado de Roberto Salomón al teatro salvadoreño" de Alejandro Córdova

«Tenía que ser un burgués el que me enseñara lo que es teatro revolucionario», dijo en un periódico salvadoreño un escritor, en 1971, sobre uno de los hitos de las artes escénicas nacionales: el montaje de Marat/Sade. Se refería a Roberto Salomón, director, productor y actor, a estas alturas, de más de sesenta obras teatrales de autores clásicos y contemporáneos; un hombre de teatro que ha buscado revolucionar las mentalidades por más de cinco décadas.

Alejandro Córdova —uno de los escritores jóvenes más prometedores del país— fue invitado, a mediados del 2013 por el mismo Roberto Salomón, para continuar una iniciativa que diez años atrás había iniciado el periodista y escritor Geovani Galeas. Más allá de la trayectoria de Roberto, ahora había que documentar el desarrollo del teatro en El Salvador, principalmente a partir de la Reforma Educativa que impulsó Walter Béneke en 1968 y de la creación del Bachillerato en Artes, proyecto del cual formó parte también Roberto, hasta llegar a los diez años del Teatro Luis Poma y a la situación o panorama actual del fenómeno escénico en el país. El resultado fue Hippies de barranco, de Córdova, libro cuyo título hace referencia a una anécdota de los estudiantes del Bachillerato en Artes; una expresión que es capaz de englobar la esencia de toda una época.

Más información a La tienda de El Faro

10/4/16

"El país de donde vengo" de Francisco Andrés Escobar

 "El país de donde vengo" de Francisco Andrés Escobar ofrece un mural estampas, crónicas y relatos de El Salvador, que a cada quien recordará aquella niñez que alguna vez se vivía entre la inocencia y los fragores de un país cada vez más lejano. En este libro el autor expresa el entrañable amor por el suelo que lo vio nacer.

Así “El país de donde vengo” es el relato de la infancia en el terruño de Paco Escobar. Estas crónicas que aparecieron, en su mayoría, en diferentes tirajes de La Prensa Gráfica son el testimonio del entrañable amor del escritor por el suelo que lo vio nacer. En estos relatos, se remonta a los recuerdos de su niñez en un pueblito de El Salvador.

El protagonista, es decir, el nieto de la mama Tula, recuerda la triste partida hacia el otro mundo de su amadísima abuela, quien lo acogió en su seno a la muerte de su única hija. Su abuela, mujer viuda, de temple y mujer de un solo hombre, arrebató al nieto cuando por la tozudez de su yerno, muere su hija en el parto. Ella había presentido una desgracia en el embarazo por lo que pidió al yerno que le permitiera llevar a su hija a un lugar de máxima atención para evitar cualquier desgracia. Sin embargo, él no atendió su ruego y la joven esposa fue atendida por parteras que no pudieron hacer nada ante el parto difícil. El resultado: la madre muere y sobrevive el niño. A partir de ese momento, el nieto es arrebatado por su abuela, para criarlo ella misma.

Así, desde los primeros recuerdos del protagonista la vida transcurrirá en el pueblo. En las crónicas desfilarán todos los personajes: desde el Alcalde, las familias distinguidas del pueblo, los amigos de infancia del protagonista, y de la familia, los demás protegidos e hijos adoptivos de la abuela, hasta los marginados y prostitutas. Estas croniquillas, como las llama el autor, serán un fiel testimonio de las celebraciones religiosas dedicadas al Corazón de Jesús, La Virgen de Guadalupe, el Cristo Negro y la romería a Esquipulas, la celebración del Miércoles de Ceniza y otras actividades religiosas.

Los desfiles del 15 de septiembre con toda la pompa y la chismografía del pueblo, nos dan la puntada humorística; la llegada del circo al pueblo, las veladas escolares y otros acontecimientos más. En cuanto a lo social, a través de las personas que tienen ingreso al Casino, se advierte la estratificación: los del casino, las familias conocidas, el pueblerío, y la indiada. En síntesis, la obra tiene como punto medular la historia de dos amores incondicionales de abuela y nieto en el marco de una sociedad de la primera mitad del siglo XX.

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Francisco Andrés Escobar nace el 10 de octubre de 1942 en Cuscatlán y muere en 2010. Se graduó como Trabajador Social, carrera que fue complementada en un proyecto de la OEA, en 1967. Así mismo, se desempeñó como profesor y Jefe del Departamento de Estudios de la Escuela de Trabajo Social de El Salvador. Luego, laboró como profesor de literatura en el Colegio de El Externado San José. Por aquel entonces, también cursaba su licenciatura en Ciencias Políticas en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (1974-1977).

Paco Escobar, cultivó el oficio de actor interpretando obras de autores salvadoreños, centroamericanos y universales. Al mismo tiempo, fue director de teatro, incluyendo obras suyas como “Un tal Ignacio (San Salvador, 1993- 1994, dedicada a la vida del célebre y bien recordado rector de la UCA, Ignacio Ellacuría) y “De la sal y de la rosa” (que trata de la vida de la poeta salvadoreña Claudia Lars, en 1994). Gran parte de la producción literaria, periodística, poética y ensayística de Francisco Escobar, se encuentra diseminada en el Diario Latino, La Prensa Gráfica, Semana, Taller de Letras de la UCA, Orientación, Siete días, Estudios Centroamericanos (ECA), formando parte del consejo de redacción de la misma.

Entre sus obras publicadas se encuentran: “Andante cantabile” (cuentos), “Una historia de pájaros y niebla”, “Petición y ofrenda” (poesía), “Ofertorio” (poesía), “Solamente una vez” y “El país de donde vengo “, compilación de algunas de su crónicas personales aparecidas en la Prensa gráfica, entre otras. Entre los reconocimientos recibidos, se puede mencionar que fue galardonado en 1995, con el Premio Nacional de Cultura; fue designado como miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua y en el 2004, La Cámara Salvadoreña del Libro le otorgó un reconocimiento en el marco de las celebraciones del Día Mundial del Libro y de los Derechos de autor.

14/2/16

Perder la guerra un cuarto de siglo después


Perder la guerra un cuarto de siglo después, articulo de Carlos Dada publicado el 8 de febrero de 2016 a El Faro

"Estoy de acuerdo: hay que mirar hacia adelante. No hay otra forma de construir un mejor país que imaginándolo, y solo se puede imaginar hacia el futuro. Hay que mirar hacia adelante. Pero ese país no será mejor si no garantizamos que no cometeremos los errores que hemos cometido en el pasado. Si no garantizamos que nadie puede cometer crímenes de lesa humanidad, pasar por encima de nadie, violar nuestros derechos más elementales. Que aquel que lo haga será castigado. Por eso es tan importante analizar y juzgar lo que debe ser juzgado y avanzar hacia la construcción de ese país mejor, en el que no cabe la impunidad.

Quienes dicen hoy que no hay que reabrir heridas, y que es mejor no mirar atrás, esgrimen un argumento que vale igual para justificar que no se revisen las administraciones de los expresidentes Flores, Saca o Funes. O sus cuentas personales. Al fin y al cabo eso ya es parte del pasado.

El operativo policial lanzado la noche del viernes pasado para capturar a 17 militares, acusados del asesinato de los sacerdotes jesuitas en 1989, es apenas el último de una serie de decisiones judiciales tomadas en los últimos años, referidas todas ellas a personajes y acciones ocurridas durante el conflicto armado.
Las capturas de cuatro (apenas cuatro) de los 17 militares requeridos por interpol se dieron pocas horas después de que un tribunal de Estados Unidos concediera la extradición de otro militar involucrado en ese mismo crimen, el coronel Inocente Orlando Montano, hacia España, para ser juzgado en la Audiencia Nacional de ese país. Montano está en una prisión norteamericana desde hace casi cinco años; técnicamente por mentir en una solicitud migratoria. Durante su juicio, la justicia estadounidense lo responsabilizó de más de medio millar de torturas y decenas de ejecuciones y desapariciones durante sus más de 30 años de una carrera militar que lo llevó, de acto brutal en acto brutal, hasta el viceministerio de Seguridad, desde donde fue, entre otras cosas, partícipe de la orden para asesinar a los sacerdotes.

Si uno lee las reacciones que han circulado estos días por redes sociales, pensaría que nada ha cambiado en El Salvador desde enero de 1992, cuando los Acuerdos de Paz pusieron fin a la guerra. Lo mismo parece confirmar el comunicado de tres importantes partidos políticos salvadoreños (Arena, PCN y PDC) en el que condenan las recientes capturas porque “se enmarcan en actuaciones que agravan la polarización, reabren heridas en la sociedad salvadoreña y atentan a la letra y espíritu de los Acuerdos de Paz firmados en 1992”.
Pero pensar que nada ha cambiado sería erróneo. Hoy un comandante guerrillero es presidente del país, en el segundo gobierno del FMLN que ha demostrado tanta negligencia para gobernar, capacidad para negociar con mafias y tolerancia con la corrupción en sus propias filas como lo hicieron los gobiernos de la derecha.



Hoy los militares están casi completamente fuera de la arena política (salvo por la decisión de Mauricio Funes de otorgar poder político a David Munguía Payés, un coronel retirado al que reactivó y ascendió a general y pasó de Defensa a Seguridad Pública y que hoy, bajo la administración Sánchez Cerén, ha logrado mantener su cuota como ministro de Defensa); y algunos coroneles y generales, que hace apenas un cuarto de siglo controlaban la vida y muerte de los salvadoreños, hoy están prófugos.

Pocas imágenes dan muestra de qué tanto ha cambiado el mundo desde esos años como la de dos exministros de Defensa, los otrora todopoderosos Guillermo García y Eugenio Vides Casanova, llegando a San Salvador esposados en un avión para deportados. Ambas deportaciones sucedieron a larguísimos procesos judiciales en tribunales civiles estadounidenses, en los que jurados y jueces encontraron a los dos militares culpables de graves violaciones a los derechos humanos y crímenes contra la humanidad. En ese mismo proceso se encuentra otro exministro de Defensa, también encontrado ya culpable en Estados Unidos de gravísimas violaciones a los derechos humanos: el general Nicolás Carranza.

El exalcalde de San Salvador, Norman Quijano, reaccionó airado ante las capturas con una respuesta común entre las filas de la derecha: “Si van a extraditar a nuestros soldados, que nos defendieron, que se lleven a Sánchez Cerén y todos los que asesinaron y destruyeron el país. Alerta salvadoreños, o todos en la cama o todos en el piso. ¿Quién responderá por los asesinatos cobardes del FMLN durante el conflicto?”. Hay algo de verdad y mucho de amnesia en esa respuesta.

La parte rescatable de la respuesta de Quijano es que los crímenes no son exclusivos de un solo bando. La legitimidad de las víctimas no depende del bando ideológico que las victimizó. Víctimas son víctimas y todas tienen derecho a que se les restaure su dignidad a través de la justicia. Todas. Si algunas personas, o sus deudos, se consideran agraviados por un crimen cometido por quien sea, tienen derecho a la justicia y el Estado la obligación de proveerla. A todos.

La parte amnésica, falsa, de la reacción de Quijano, es sostener que el Ejército “nos defendió” de rebeldes que “asesinaron y destruyeron el país”.

Hace 24 años se firmaron los acuerdos que pusieron fin a la guerra, a partir del mutuo convencimiento de las partes de que era imposible que una se impusiera militarmente; y que era inviable políticamente mantener el conflicto tras la caída del muro de Berlín. Entonces se declaró un empate, se firmaron los acuerdos y la derecha, que a través de Arena gobernó el país durante 20 años, intentó registrar la posguerra como su triunfo ideológico sobre la izquierda, a la que calificaron errónea y uniformemente como comunista.

En realidad ha sucedido todo lo contrario: La derecha está ahora, un cuarto de siglo después, perdiendo aquella guerra.



Hoy la historia, que suele ser paciente, comienza a poner en su lugar las piezas de nuestro cruento conflicto. No se trató de la defensa del ejército contra la agresión comunista; sino, por el contrario, de la existencia de una dictadura militar apoyada en grupos paramilitares y sostenida por la oligarquía salvadoreña, cuyo único objetivo era perpetuar una de las sociedades más desiguales e injustas de occidente en la que la mayoría de la población vivía en la miseria para beneficio de oligarcas y militares corruptos.

La guerra no surgió porque el ejército se vio obligado a defender a la patria de una agresión comunista. La guerra surgió por la imposibilidad de sacar del gobierno a través de las urnas a una dictadura militar; por el cansancio de las clases obreras y campesinas ante la brutal represión de ese ejército y la descarada, inhumana explotación que de ellos hacía la oligarquía agroindustrial. Es indudable que movimientos internacionales y gobiernos de izquierda alimentaron en gran medida la capacidad de los grupos guerrilleros, pero eso no los convierte en el origen de la guerra.

El origen está en un sistema dictatorial y criminal al servicio de unos pocos.

Tres pilares fundamentales sostenían ese sistema injusto: la oligarquía, los militares y la iglesia católica. En 1932, cuando el coletazo de la gran crisis del 29 en Estados Unidos nos alcanzó y la economía salvadoreña se deprimió, los campesinos indígenas, hambrientos, exigieron mejores condiciones, algo insultante para los patronos de las fincas cafetaleras. En 1932, el uno por ciento (¡Uno por ciento!) de la población controlaba el 90 por ciento de la riqueza nacional. A los campesinos que protestaron les llamaron comunistas y el ejército, encabezado por el dictador Maximiliano Hernández Martínez, se encargó de dar una lección histórica: asesinó a 30 mil de ellos. El dictador dijo que estaba defendiendo a la patria del comunismo. Y entonces comenzó aquello del odio de clases.

En otras palabras, desde entonces la justificación de quienes sostenían a fuego y hambre el sistema era que los campesinos hambreados, en su mayoría indígenas, que habían sido despojados de sus tierras y cuyos hijos se estaban muriendo de hambre, esclavizados por terratenientes y terriblemente reprimidos por el ejército, odiaban a los ricos y por eso protestaban, por comunistas. Odio de clase. Los terratenientes y el ejército no odiaban a nadie. Mantenían hambreados a los campesinos, pero si los mataban era para defender a la patria del comunismo. De paso, eliminaron toda expresión de la cultura indígena en El Salvador.

Virginia Tilley, en un trabajo académico citado en El Faro Académico, lo resumió así: “La Matanza de 1932 se debe comprender teniendo en mente su historia: no como una revuelta campesina con un ángulo racial sino como la última convulsión de la rebelión indígena contra el colonialismo. Para 1931 los indígenas estaban perdiendo rápidamente sus parcelas, su ingreso de subsistencia e incluso las modestas compensaciones del clientelismo ladino, al mismo tiempo que el sistema de peonaje por deudas transfería la tierra a los ladinos. El movimiento comunista solamente proporcionó el fósforo que dio fuego a este material combustible de resentimiento étnico. La revuelta en sí, sus slogans, liderazgo, blancos y metas, sugieren una ‘guerra de razas’, con grupos indígenas asaltando los emblemas del poder ladino. La represión subsiguiente indicaba las mismas dinámicas raciales.



“Ciertamente el ejército desempeñó un papel asesino en los primeros días y semanas. Pero el alcance genocida de la Matanza (cuya escala no se conoce con precisión pero que decimó y devastó a las comunidades indígenas) fue responsabilidad de grupos civiles ladinos y autoridades municipales que desearon con particular inquina ‘que se extermine de raíz la plaga’”.

La matanza de 1932 granjeó a la oligarquía y al ejército medio siglo de “tranquilidad” en las fincas. Nadie se rebelaba por temor a otra matanza y los indígenas dejaron de vestirse a su manera tradicional y de hablar otro idioma que no fuera el castellano.

El sistema se mantuvo alimentado, ya en la guerra fría, por la obsesión norteamericana contra el comunismo, urgida por el triunfo de la revolución cubana. El ejército salvadoreño solía premiar a sus oficiales más sangrientos, particularmente después de la guerra contra Honduras y en el camino hacia la guerra civil.
Los jesuitas fueron, en América Latina, el grupo religioso que de manera más radical adoptó las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que llamaba a la liberación del hombre en esta vida. El derecho del hombre a una vida digna. En ningún lugar parecía más urgente esa liberación que en una América Latina plagada de dictaduras militares garantes de sistemas sociales tan injustos como el nuestro. En ningún lugar de América Latina tanto como en esa parte de América Central que hoy conocemos como el CA-4.

Cuando el general Carlos Humberto Romero llegó al poder mediante un nuevo fraude electoral, en 1977, El Salvador era el país de América Latina con el más largo periodo de gobiernos militares en la región: 50 años (desde que el general Maximiliano Hernández Martínez derrocara al gobierno de Arturo Araujo, en 1931). Poco antes de asumir la presidencia, aún como ministro de Defensa, las tropas bajo el mando del general Romero asesinaron al sacerdote jesuita Rutilio Grande.

En 1990, un año después del asesinato de Ignacio Ellacuría y los otros sacerdotes jesuitas, el mayor Roberto Molina, jefe de la oficina de derechos humanos del Ejército, le dijo a la misión investigadora de America’s Watch: “Los clérigos progresistas tienen una gran responsabilidad por lo que ha pasado en este país. Han lanzado una guerra de clases. Negros contra blancos. Pobres contra ricos. Pequeños contra grandes”.

No fueron muy distintas, el sábado pasado, las palabras del actual director del sector empresarial de San Salvador en Arena, Alfredo Pereira. Ante José Ellacuría: “Es necesario que hechos como la muerte de mi hermano no queden en la impunidad” un llamado del hermano del asesinado jesuita Ignacio Ellacuría de que el crimen no quedara en la impunidad, Pereira respondió a través de su cuenta de Twitter: “si su hermano vino a ES sin ser llamado y vino a promover la teologia de la liberación y odio de clases cosecho lo que sembro (sic)”. Después borró el tuit.

Estas expresiones son inadmisibles, pero son parte del último intento desesperado de la derecha de conservar algún lugar digno en la historia prepaz.

No es posible, afortunadamente, conservar ningún lugar digno en ninguna historia defendiendo algunos de los más horrendos crímenes que registra el Siglo XX en nuestra región. Si la derecha quiere rescatar alguna legitimidad, debe hacerlo defendiendo una perspectiva de nación donde se vislumbre un bienestar para todos sus ciudadanos. Para todos. Esto no es posible hacerlo legitimando criminales y asesinos.

Un cuarto de siglo después de que terminara la guerra, la derecha la está perdiendo. El sistema que defendía es insostenible y es criminal. Estaba basado en beneficios para un pequeño grupo o clase a costa de los otros. Esto, justamente, es odio de clases. Esto es lo que la historia nos ha enseñado apenas un cuarto de siglo después.

Pero aquí hay que hacer una aclaración: el principio dice que a mayor poder mayor responsabilidad. Los soldados, también la mayoría de ellos de origen humilde, que participaron en la guerra y que posiblemente cometieron la mayor parte de los crímenes que hoy conocemos, tienen un nivel responsabilidad menor que el de sus jefes, y así hacia arriba. La responsabilidad de mando significa haber dado órdenes o, sabiendo que sus subalternos habían cometido atrocidades, no castigarlos ni hacer nada para evitar que esto se repitiera. (En las capturas del pasado viernes, tres de lo cuatro capturados eran, en 1989, soldados de tropa que ya confesaron haber sacado de sus casas a lo sacerdotes jesuitas y, a sangre fría, haberles disparado. El cuarto es el coronel Benavides, exjefe de la Escuela Militar, que ya fue juzgado y condenado por el hecho en un irregular juicio en San Salvador poco después de la masacre. Casualmente, ninguno de los coroneles y después generales acusados del crimen estaban en sus casas a altas horas de la noche).

Según la Comisión de la Verdad, la inmensa mayoría de los crímenes fueron cometidos por las fuerzas militares o paramilitares, pero esto no exime a la izquierda. No la exime ni justifica.

Es cierto que algunos grupos izquierdistas pretendían instaurar gobiernos “totalitarios”, como me argumentó hace poco un veterano arenero. Algunos, pero no todos. Le recordé que la lucha contra el régimen logró unificar incluso a demócratas cristianos, algunos más cercanos a la derecha, con comunistas, socialdemócratas y socialcristianos, como sucedió en la Unión Nacional Opositora. Por otro lado, ¿qué sistema puede ser más totalitario que uno controlado durante medio siglo por un ejército represor y una oligarquía asfixiante? ¿Qué libertades representa una dictadura militar en la que la protesta es castigada con la tortura y la muerte? ¿Qué país de oportunidades aquel en el que una pequeña minoría concentra una parte tan escandalosa de la riqueza nacional, y controla de manera casi absoluta el bienestar de su población? Esto, incluso para él, es ya indefendible. Pero él y sus correligionarios necesitan justificar algún nivel de legitimidad en su lucha. Difícilmente la encontrarán en los años del conflicto armado, ya no se diga en expresiones tan ofensivas, ignorantes y estúpidas como la de justificar el asesinato de unos religiosos intelectuales.

El asesinato de los jesuitas acabó costando la guerra a la derecha. Es hora de que lo reconozcan y vean hacia adelante.

La izquierda, en cambio, está perdiendo la paz. Pero eso requiere de una nueva columna."

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*Carlos Dada es periodista de El Faro. Fue fundador del periódico y su director entre 1998 y 2014. Ha recibido numerosos premios internacionales y sido becario Knight en la Universidad de Stanford, y Cullman en la Biblioteca Pública de Nueva York. Actualmente imparte clases en la universidad de Yale mientras escribe un libro sobre el asesinato de Monseñor Romero y los escuadrones de la muerte en El Salvador
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