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1/9/18

Crónica de un viaje de seguimiento (3): Los momentos de gloria de La Dalia

 
 
La tercera crónica de esta viaje de seguimiento de proyectos está dedicada a descubrir el nuevo Centro histórico de San Salvador, pasear pos su calles, vagabundear por sus rincones y disfrutar de los cambios vividos en los útimos años. El centro histórico se reinventa y revive con nuevas actividades...

El club de billar La Dalia, ubicado en el edificio que lleva el mismo nombre en la plaza Libertad, sobre la 4a. Avenida Norte, es uno de los más antiguos en el centro de San Salvador, con más de 70 años de existencia. Miles de historias retumban como eco en el local que permanece igual que siempre, con sus mesas de juego antiguas, su arquitectura Art Nouveau, sus baldosas originales de 1917 estilo victoriano, sus juegos de la fortuna y esa atmósfera nostálgica que envuelve al centro.

La Dalia en sus inicios, en 1885, fue ubicado en una zona que era de comercio exclusivo; pero su estructura original de madera fue destruida por un incendio a principios de 1900, luego volvió a ser construido en concreto armado en 1915 por la firma de italiana de arquitenctos A&A Farracutti para albergar un almacén de la época y al Club Español.

Al retirarse el Club Español a finales de los años 30, que estaba en la segunda planta, el club de billar La Dalia comenzó a formarse y se convirtió en uno de los lugares más populares para empresarios, intelectuales y artistas, donde estos se reunían para jugar billar y cartas. Personalidades internacionales disfrutaron del ambiente en La Dalia durante el siglo pasado, previo a la caída de la economía y los problemas políticos sociales que convirtieron al centro en un espacio inhóspito para la vida social y económica de gran parte de los capitalinos.


Actualmente es un lugar que continúa con vida gracias clientes como obreros, comerciantes y jubilados que encuentran acá un lugar donde socializar jugando billar y dominó.

Pero, no sólo esos, a dia de hoy la administración, junto a integrantes del colectivo Tokadiscos Social Club y otros gestores culturales, están en el esfuerzo de atraer nuevos clientes y desde enero de este año 2018 se iniciaron con una serie de eventos culturales cada fin de semana, donde las actividades han incluido conciertos de jazz, bandas de rock suave o alternativo, fiestas amenizadas por música de discos de vinilo, recitales de poesía, conferencias (conversatorios como dicen en El Salvador), exposiciones fotográficas, entre otras.

 

Realmente es un lugar especial que bien merece una buena visita y se enmarca en los profundos cambios que han hecho que el corazón de la capital se ha vuelto uno de los lugares más visitados por turistas tanto locales como extranjeros, siendos las plazas recuperadas uno de sus mayores atractivos acompañadas por la iluminación arquitectónica del Teatro Nacional, la Catedral Metropolitana o el Palacio Nacional. Después de decadas de degradación el centro de San Salvador se ha transformado y reconvertido en un espacio agradable orgullo de sus habitantes...

 

Información del diario Elsalvador.com e imagenes de La Dalia obra deMenly Cortez. Esta crónica no hubiera sido posible sin las experiencias y la pasión del buen amigo  Rafa Gutierrez experto turístico de El Salvador y apasionado conocedor de los secretos del centro histórico de San Salvador y entre ellos La Dalia, que me descubrió...

20/8/18

El hacedor de palomas de papel


La tarde cae con lentitud sobre las aceras de San Salvador, la Avenida Juan Pablo envuelta en el caos vehicular.

La estación del Sitramss (Frente al parque Infantil) repleta de transeúntes a la espera de abordar. Todo está bajo una estática involuntaria, ya que todos caminan apresurados a sus hogares.

Yo sin más que hacer, enredado en el mismo tráfico,  observo cada lugar con detalle, las sombras de los caminantes se estilizan ante el dorado atardecer que casi todos desprecian. El tiempo no es para admirar los crepúsculos simples de la vida, ya que el mundo moderno no se detiene, aunque el embotellamiento siga ahí, con sus sucios ruidos, desde la posición que me encuentro, ya hace a mi vista la imponente cúpula de Catedral Metropolitana, antepuesta en primer plano del verde cerro de San Jacinto, que lo acompaña en el horizonte capitalino, los vehículos siguen sin avanzar, sigo ahí.

Nada se puede hacer, observó hacia la acera de nuevo. Ahí estaba él.  Sentado. No era la primera vez que lo veía, ya en muchas ocasiones, bajo el mismo trafico lo he observado, lo peculiar del primer avistamiento, fue  que caminaba con tranquilidad, su maleta en hombros. Pero, lo interesante fue verlo que entre sus brazos y manos cargaba rollos de papel, cartulinas extendidas, todo en mucha cantidad.

En otras ocasiones cercanas, lo he observado leyendo la Biblia, en otras horas matutinas el Diario Co Latino. Y así es como siempre que me encuentro en la zona trato de buscarlo con mi mayor atención, la respuesta del porque carga tantas hojas de papel, la obtuve otra tarde muy parecida a esta. El caos vehicular muy parecido al de este día, la diferencia, la hizo él, en sus manos tenía unas tijeras, realizaba una muy delicada cadena de palomas de papel.

Mi admiración creció más aún sobre él personaje de esta parte del centro de San Salvador, quien me hizo ese día muy diferente. No dejé de pensar en su labor, me inspiró a crear esa noche un cuento, que resguardo entre mis libretas de apuntes.

Aún no sé mucho de este personaje, siempre he querido platicar con él, conocer sus historias, pero las tardes que voy predispuesto, nunca lo encuentro. Aunque, aún no tengo cumplida esa dicha, he decidido nombrarlo mientras logramos conversar, como: El Hacedor de palomas de papel.

Artículo de Javier Alvarenga (Diario Co Latino, julio 2018)

29/7/18

San Salvador vive un despertar



En los últimos años he dado seguimiento al proceso de renovación de la ciudad de San Salvador, en especial del centro histórico, espacio que a diario recorro y en el cual encuentro diversidad de escenas, cotidianidades, personajes y personalidades que hacen que la ciudad sea más interesante.

Si bien algunas calles del centro histórico ahora lucen atractivas –pero muy sucias en ocasiones, basura en el suelo, botellas, etc. -, creo que los capitalinos experimentan una nueva sensación al caminar sobre ellas. No es la panacea, pero sí es un aliento distinto que están viviendo las nuevas y pasadas generaciones, ya que la ciudad se vuelve un punto de encuentro y de reencuentro.

Las calles afuera del corazón del centro histórico son un caos, las ventas informales son miles y van sumando, la delincuencia no acaba, pero aunado a esto se ven diversas expresiones artísticas que dan un rostro diferente a la ciudad, que atraen a las personas y que están viendo a un San Salvador más cultural y menos inhóspito.

En diciembre de 2016, escribí sobre algunos espacios culturales que han nacido en este nuevo siglo, y que están contribuyendo al desarrollo cultural, a la promoción artística de la ciudad, y fuera de ella, como réplica que pequeños esfuerzos que sí calaron en el capitalino, en su gente y que hoy se riegan positivamente por diversos lugares.

En aquella oportunidad decía en mi artículo titulado: El Centro Historico de San Salvador un espacio en el que convergen muchos elementos destacaba que: “la ciudad a partir de 2012, para ser más exactos ha comenzado a dar paso a un naciente movimiento de artistas, colectivos culturales independientes, espacios que se abren paso y están llevando arte y cultura al ciudadano de a pie…”.

Hoy vuelvo a reafirmarlo y a sumar otros esfuerzos que han surgido en este tiempo y que en una u otra manera están contribuyendo a la difusión del arte y la ciudad por las calles, avenidas, pasajes, cuadras y plazas del San Salvador de 2018, y su periferia.

En marzo y mayo de 2018, surgió un pequeño espacio en la periferia de la ciudad, al norte de la misma, Café Kali, un espacio alternativo, emprendimiento del cual formé parte en la gestión y difusión del mismo, y que permitió por primera ocasión reunir a importantes colectivos artísticos urbanos, entre ellos, poetas de renombre y de la nueva generación, el taller de dibujo al natural dirigido por el maestro Marcos Benjamín, músicos, artistas plásticos, entre otros que desarrollaron las tardes bohemias que sábado a sábado llevaron arte y cultura en un espacio mágico. Por ahora, el espacio está cerrado, por situaciones de traslado, pero ha dado un primer paso y en el momento de contar con nuevo local, abrirá sus puertas para reactivar estas actividades artísticas.

“Astra Galería Café”, abrió sus puertas a finales de mayo de 2018, un espacio acogedor, con un ambiente ameno y personas interesadas en la promoción y difusión del arte. El espacio está ubicado en una casa ubicada sobre la 1ª Calle Poniente, a altura de la parada de buses que está frente al Edificio Simón Bolívar de la Universidad Tecnológica. El espacio por ahora ha comenzado a desarrollar conversatorios, proyección de cine alternativo, y es un espacio abierto a todo público, próximamente abrirán exposiciones, entre otras proyecciones que tienen programadas los promotores del esfuerzo.

“Astra, es un espacio para todas las personas que tengan gusto por el arte o que quieran expresarse a través de él, un espacio para crear, tomar café y leer”, así se presentan como opción alternativa, el nuevo espacio.


Siempre en la periferia de la ciudad, está otro esfuerzo que se ha reactivado, el cual es “la Casa de Los Vientos”, espacio ubicado en el edificio del Mirador de Los Planes, y que se ha activado con la Red Salvadoreño de Cultura Viva Comunitaria y otros esfuerzos para comenzar a darle vida y espacio a las diversas expresiones artísticas. Recientemente, el pasado 23 y 24 de junio, se desarrolló en este espacio el Primer Festival de las Artes “Arte de Altura”, que reunió a artesanos, pintores, músicos, fotógrafos, poetas, y demás ramas artísticas, muchos de ellos provenientes del esfuerzo colectivo “Galería Colibrí”, esfuerzo que desde el 2016, trabaja en el corazón de San Salvador, en la difusión del arte y la cultura.

Tampoco podemos dejar de lado, los espacios públicos, que de una u otra manera, son la mayor expresión artística de la ciudad. Me refiero a las plazas públicas: Cívica o Gerardo Barrios, Libertad y la Morazán. Tres emblemáticos espacios al aire libre, que con su remozada presentación son hoy en día el gran atractivo para turistas locales y extranjeros, que diariamente las visitan. Estos tres espacios y las zonas peatonales que se han habilitado en la calle Delgado y alrededores del Teatro Nacional, son espacios para expresiones artísticas como: cantantes o grupos musicales, estatuistas, artistas plásticos, como dibujantes y pintores que cada tarde se reúnen para captar escenas urbanas propias de la dinámica diaria. En el caso de los estatuistas o artistas emergentes que intentan hacer arte libre, sufren en varias ocasiones, el correteo y hasta el veto de agentes del CAM, que exigen, exigen, y exigen permisos a los artistas urbanos, generando cierto acoso y hasta malestar, en los artistas y los mismos ciudadanos y turistas.

A la par de estos esfuerzos personales o colectivos que están llevando el arte más cerca de los ciudadanos de a pie, van naciendo nuevos espacios, los más recientes, son café o bares de índole bohemio, con interés del albergar, promover y difundir expresiones artísticas.

Me refiero al surgimiento en el mes de junio de dos nuevos espacios, uno de ellos, “Mori´s Rooftop”, espacio ubicado en el último piso del Edificio Morazán, y el cual se presenta como: “un lugar lleno de cultura, en un lugar histórico. Abierto al talento nacional”, este espacio abrió sus puertas el pasado 15 de junio de 2018, el lugar ofrece impresionantes vistas de la ciudad, el lugar ideal para el encuentro con los amigos, y sin duda un atractivo para fotógrafos profesionales o aficionados – de los cuales ya vi a muchos disfrutando de las vistas – , porque permite impresionantes vistas aéreas de la ciudad, su inauguración oficial fue el pasado 30 de junio. Sin duda un espacio innovador y que se perfila como una opción para el turismo urbano.

El otro espacio reciente abierto, es “Café Fulanos Bistro & CoffeBar”, también ubicado sobre la 2ª Av. Sur o Monseñor Romero, a un costado de la Catedral Metropolina, específicamente en un espacio del edificio que alberga la Casa Parroquial. Abrió sus puertas el pasado 22 de junio de este año, y es un espacio que además de ofrecer exquisito café, y un lugar acogedor, está abierto a la promoción de las artes urbanas.


Estos espacios se han sumando a los ya existentes en el Centro Histórico, como son los institucionales: Museo del Hipotecario, Museo del BCR, Biblioteca Nacional, Palacio Nacional, Teatro Nacional; y privados como el emblemático billar La Dalia, así como los alternativos Café Maktub, Galería Colibrí, y colectivos de artistas independientes, entre otros.

También han cerrado en estos años espacios históricos como: el Café Bella Nápoles, que cerró operaciones en enero de 2018, un café histórico, de encuentro de poetas y generaciones de artista. Abrió sus puertas el 17 de junio de 1961, su cierre conmocionó a muchos. Así otros pequeños esfuerzos han desaparecido, pero lo positivo que más van sumando, y dejando espacio al arte y la cultural.

Por ello, enfatizo que San Salvador está experimentando un despertar, y una valoración espacial a las expresiones artísticas. Esperamos que esto se consolide y pase de opciones alternativas, a opciones concretas y de masivo apoyo, para que sobrevivan al tiempo.

Articulo del periodista salvadoreño Iván  Escobar publicado en Puntos d3ncuentros

24/8/16

El nacimiento y la espera de la desafiante Iglesia El Rosario


Rodeado de ruinas y predios baldíos, camuflado por una estructura gris y sucia, el centro de San Salvador esconde uno de los edificios más ilustres y significativos de toda Latinoamérica. Una obra tan polémica y desafiante que tuvo que ser supervisada por el Papa Juan XXIII, quien la apadrinó en 1962 como un experimento previo del revolucionario Concilio que se avecinaba. El edificio y su contenido son las obras culmen del arquitecto y escultor salvadoreño Rubén Martínez.

Bastan los ojos para quedar deslumbrado ante la Iglesia de El Rosario de Rubén Martínez. Sin embargo, sus ochenta metros de longitud, sus veintidós de altura, los miles de vidrios coloreados que llenan el templo de una luz intensa y continuamente renovada, el efecto óptico de un espacio que se agranda o empequeñece según nos movemos por su interior, la agradable temperatura, la intimidad radiante del conjunto y esa extraña sensación de estar protegido son solo la apariencia de una obra total que aúna los mayores logros técnicos, una extraordinaria sensibilidad artística y una elaborada simbología que da sentido a cada uno de los componentes estructurales y decorativos del edificio.

Fue la primera parroquia y por mucho tiempo la más importante de San Salvador. Probablemente fundada en 1545 y situada en la muy colonial Plaza de Armas, fue el punto neurálgico desde el que partía la retícula de calles, avenidas y plazas que aún hoy da forma a la capital. En 1842 se convirtió por fin en catedral después de una dura lucha comenzada veinte años atrás por el cura José Matías Delgado. Elevar El Salvador al rango episcopal fue, sino el principal, al menos el más tangible de los logros perseguidos por la declaración de Independencia.



Durante las siguientes tres décadas El Rosario fue el escenario privilegiado del nuevo orgullo nacional hasta que en 1873 un fuerte sismo hundió el edificio y los nuevos aires secularizantes llevaron su reconstrucción dos cuadras hacia el Poniente, al convento que acababa de serle expropiado a los dominicos, a la par del recientemente construido Palacio Nacional. El Rosario sería reedificado en 1903 pero ya no como sede episcopal sino como nueva iglesia de los dominicos, cuando éstos fueron readmitidos en el país. Durante la primera mitad del siglo XX El Rosario estuvo hecho de lámina y madera (como la recientemente desaparecida Igesia San Esteban) y redujo su tamaño para compartir solar con el palacio arzobispal.

Sin embargo ya a finales de la década de los cincuenta del siglo XX la antigua iglesia no bastaba para satisfacer las necesidades de una feligresía creciente, entusiasta y tremendamente enriquecida.
Corrían años de esplendor burgués en el país, por aquel entonces el más industrializado de toda América Central y tercera potencia mundial en la exportación de café. Una nueva majestuosidad modernizadora pobló de imponentes edificios el centro capitalino y abrió las mentes de algunos jóvenes artistas a las atrevidas ideas de las vanguardias internacionales. Rubén Martínez tenía poco más de treinta años cuando el superior de los dominicos, Alejandro Peinador, le encomendaba el diseño del nuevo templo. Martínez había cursado solo unos años de estudios universitarios sin llegar a completar la carrera de ingeniería civil. Para desempeñar su oficio se servía de una asertiva intuición y la colaboración de socios con mejor ficha técnica. Pero fue su determinación la que le llevó a asumir el encargo y a tal fin estudiar liturgia y frecuentar a algunos de los religiosos, como fray Carlos del Cid y fray Domingo de Iturgaiz, que de Europa traían indicios de la que habría de ser la mayor revolución ocurrida en el seno de la Iglesia Católica.

El Segundo Concilio Vaticano no había salido aún de la mente del papa Juan XXIII cuando Rubén Martínez se anticipaba con éxito a algunos de los grandes cambios que estaban a punto de transformar el cosmos católico. En 1962 entregó al superior de los dominicos los planos de la nueva iglesia dedicada a la Virgen de El Rosario. La utilización del espacio sería completamente distinta, el altar cambiado de sitio y la feligresía convertida en el centro de gravitación. Prescindiría de la tradicional planta de cruz latina y la orientación hacia el Este. Eliminaría todo elemento divisorio y privado (columnas, gradas, girolas, capillas…). El nuevo templo sería como el vientre materno donde se aloja la comunidad de iguales que conformaría la iglesia del futuro.


El entusiasta apoyo de los dominicos no sirvió en cambio para que el arzobispo de El Salvador diera su aprobación. En un gesto de excepcional audacia, el padre Alejandro decidió llevarse consigo todas estas ideas para someterlas a la consideración del mismísimo sumo pontífice romano. Juan XXIII supervisó personalmente los planos de Rubén Martínez y encontró que encarnaban a la perfección los experimentos que ese mismo año comenzaban a tomar forma en el II Concilio Vaticano (1962-65). La iglesia ideada por el joven Rubén Martínez sería levantada en el centro de San Salvador, en el centro de América, como punta de lanza del nuevo espíritu eclesiástico contrario al elitismo de las misas en latín, decantado por los pobres y la religiosidad popular, algo más respetuoso con la libertad religiosa, sensible a las nuevas teorías educativas y pista de despegue de interpretaciones teológicas tan arriesgadas como vivificantes.

En tan solo treinta días el padre Alejandro estaba de vuelta en El Salvador con los planos aprobados por el papa en persona. Se trataba de una gran victoria pero también de una temible imprudencia. El arzobispado no colaboraría en la construcción de la nueva iglesia y, aunque el papa había convertido el proyecto en intocable, de las arcas episcopales no saldría ni un centavo para su ejecución. No había por tanto ni tiempo ni recursos que perder.

Rubén Martínez instaló su vivienda a pie de obra y pasó los siguientes siete años completamente sumido en la elaboración del nuevo templo de la Virgen de El Rosario. Las estrecheces presupuestarias (doscientos sesenta mil dólares fue el costo total de la obra) exigieron raudales de improvisación y audacia. Ante la imposibilidad de contar con sofisticada maquinaria, los andamios, los encofrados, las grúas y elevadores fueron construidos con madera, poleas y palancas.

Paradójicamente la Iglesia de El Rosario, en tantos aspectos emancipada de toda referencia al pasado, acabó siendo construida con técnicas más propias del Medievo. Y, al igual que las catedrales góticas, la idea original sufrió importantes modificaciones. El templo construido por Rubén Martínez creció como crecen los organismos, adquiriendo su forma de manera gradual, dialogando con las circunstancias, parcialmente emancipándose de la idea.

Leer más. Artículo de Antonio García Espada, Doctor en Historia por el Instituto Universitario Europeo y profesor de Historia del Arte en la Universidad Don Bosco e Investigador de la Dirección Nacional de Investigaciones, publicado en El Faro.

18/8/16

En el centro histórico de San Salvador la Iglesia de El Rosario

 

Con esta iniciamos dos entradas dedicadas a un espacio singular de la capital salvadoreña, la iglesia de El Rosario.

Después de las fundaciones de la Villa de San Salvador, en 1525 y en 1528, en La Bermuda; se logró cierta tranquilidad en el poblado de Cuscatlán. En 1539, por diversas razones, los habitantes empezaron a moverse hacia el llamado Valle de las Hamacas. El lugar elegido fue el que dieron en llamar Cuesta del Palo Verde, cerca del Río Acelhuate, en lo que después sería el barrio de Candelaria. El sitio fue denominado La Aldea. Por fin en 1545, la población de La Aldea, sobrepasaba a la ubicada en La Bermuda. En ese año se solicitó a la Real Audiencia de los Confines, ubicada en Gracias a Dios (Honduras), el permiso para el traslado definitivo al nuevo lugar.

Así nació el actual asentamiento de la capital salvadoreña. En el año del traslado, se trazaron la Plaza Mayor, los solares de los portales, los de los señores pudientes y los restantes espacios. Por supuesto, el de la Parroquia principal, que antes fuera dedicada a la Santísima Trinidad, sería a partir de ese momento, devuelta a su advocación del Divino Salvador del Mundo. Un año después, en 1546, la Villa se vuelve Ciudad por cédula real firmada por Carlos V de Alemania y I de España.

De esta manera inició su caminar histórico el más importante templo que San Salvador ha tenido. Destruido en más de una decena de ocasiones. Fue reconstruido vez tras vez, igual que la ciudad, igual que la autoestima de los salvadoreños.

Al inicio, como la mayoría de construcciones similares en América, fue hecha con materiales sencillos como adobe en paredes y techos de paja. Con el tiempo llegó a ser el edificio religioso más grande y mejor diseñado de la provincia de San Salvador y uno de los mayores y mejores de la Región.

Lamentablemente no existen grabados ni pinturas de los sucesivos templos de antes de 1808, cuando todavía era la colonia española, pero se puede apreciar el del que inició su construcción ese año, con la supervisión de quien pondría su fortuna personal y la ayuda de otros parientes y amigos, para elevarlo: su párroco y vicario general, el Dr. José Matías Delgado y León, prócer y Padre de la Patria.

El templo era imponente, tan grande como una catedral e igual de rico en ornamentación de retablos e imágenes. La economía sansalvadoreña, basada en la riqueza del añil, el tabaco y otros productos se reflejaba ya en San Salvador, en varios edificios similares. Igualmente con los civiles, habitacionales, comerciales y militares. Por eso El Arzobispado de Guatemala hizo hasta lo indecible para impedir la creación del Obispado en la Provincia de San Salvador; ya más independiente de Guatemala, dado su ascenso a Intendencia, lo que le permitía un mejor flujo de comercio y de capitales, sin la tradicional y absoluta intromisión de los correspondientes de la Capitanía General.


Este templo fue elevado a categoría de catedral y sede del obispado, en 1842. El sitio cumplió históricamente su cometido anunciado y deseado desde hacía más de siglo y medio por los habitantes, la curia y las autoridades de la Provincia, ya que de 600,000 pesos de renta del Arzobispado guatemalteco, 400,000; los aportaba San Salvador.

El portentoso edificio para su época, se dañó en el terremoto de 1854, el gobierno lo reparó durante el fallido traslado de la Capital a la Hacienda de Santa Tecla, pero sucumbió en el terrorífico sismo de 1873. Posteriormente se construyó un edificio religioso pequeño y el Palacio Arzobispal contiguo, ambos de lámina troquelada y madera, los cuales, al demolerse el templo e incendiarse la sede arzobispal, dieron paso al majestuoso templo actual, entre 1959 y 1964.

Leer más . Artículo de Héctor Ismael Sermeño, escritor, historiador y crítico de artes, publicado en Contracultura

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